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  La preparación personal
 
Un alumno motivado, convencido de que es capaz de llevar a cabo su tarea y capaz de controlar su propia conducta disfrutará del estudio y del ocio, se sentirá más satisfecho y evitará agobios innecesarios. Estará preparado, en definitiva, para afrontar con éxito el nuevo curso. Los padres pueden contribuir a ello, no directamente, pero sí como modelos de comportamiento.
Julia Silva García
Nuestros hijos tienen como actividad principal el estudio. Son profesionales y, como tales, deben asistir a clase todos los días, lo que nos da un mínimo de 25 a 30 horas semanales, sin contar las horas de estudio en casa. La obligatoriedad y la rutina hacen que esta actividad esté infravalorada por su parte y, por tanto, los lleva a no prepararse adecuadamente. La manera que tienen de concebir el estudio, lo que piensan, lo que sienten o la visión que tienen de sí mismos como estudiantes son la base para un enfrentamiento adecuado al estudio.
Tradicionalmente se ha creído que estos factores no se pueden controlar, son algo innato: “No tengo buena concentración”, “No tengo fuerza de voluntad”, “Estudiar no se me da bien”, etc. Estas expresiones van a influir directamente en su manera de comportarse. La forma de pensar puede hacer triunfar o fracasar en la obtención de metas en el estudio. La ventaja es que, al tratarse de patrones de pensamiento aprendidos a partir de la experiencia, son susceptibles de ser modificados.
Aunque en estos temas los padres no pueden tener una influencia directa, pues es un trabajo personal, sí tienen un papel fundamental como modelos de comportamiento, como guías o instructores ante la manera en que ellos afronten sus retos. Podemos mostrarles el camino para que aprendan a afrontar las dificultades que se les presenten, a adquirir hábitos adecuados, a mantener la motivación, a plantearse nuevas metas, a aumentar su seguridad, etc. Porque a pensar también se aprende y los padres los podemos enseñar.
 

Muchos estudiantes que obtienen malos resultados muestran indiferencia, parece que les da igual. Pero no nos tenemos que dejar engañar por esto, es solo una coraza. Por dentro están más afectados de lo que les gusta aparentar. Es inevitable que hagan comparaciones entre sí mismos y sus compañeros: “Si fulanito ha estudiado menos que yo, ¿por qué ha sacado mejor nota? Qué suerte tiene, es tan inteligente que sin estudiar apenas saca buenas notas”.

 
La motivación
  La motivación es la energía que nos mueve a la acción. Aplicada al estudio, la motivación es lo que hace que nuestros hijos quieran estudiar. Pero, ¿qué hace que unos estudiantes estén más motivados que otros? Fundamentalmente, las metas. Cuando nos movemos, lo hacemos hacia una dirección y con un objetivo, por ejemplo, si me levanto es para coger una taza de café. Pero ¿saben nuestros hijos para qué estudian?, ¿qué van a conseguir con ello?
La mayoría de ellos estudian por inercia y no se plantean siquiera la razón para ello. Cuando se les pregunta, suelen caer en respuestas estereotipadas que han oído a sus padres o profesores, pero que no son fruto de una reflexión sincera.
Para que la motivación del hijo mejore, los padres pueden utilizar algunas de las siguientes técnicas:
  Marcarse metas. Es importante que aprenda a hacerlo adecuadamente puesto que, si se marca objetivos inalcanzables, podrá tener repercusiones negativas para su autoestima, ya que se sentirá incapaz de lograrlos. De igual modo, si las metas son demasiado fáciles de alcanzar, no le servirán para aumentar su motivación. Para tratarlo en familia, es recomendable que dialoguen, negocien y realicen contratos con respecto a las metas que se van a marcar durante el nuevo curso.
  Enseñarle a anticipar las consecuencias positivas de su comportamiento. Esta estrategia servirá tanto para mejorar la motivación por el estudio como el autocontrol. Consiste en centrar (focalizar) los pensamientos en momentos críticos (por ejemplo, cuando tiene que ponerse a estudiar y dejar de ver la TV) y pensar en las consecuencias positivas, tanto inmediatas como demoradas, que va a obtener con esa acción: “Aprobaré el examen”, “Tendré libre el verano”, “Mis padres me felicitarán”, “Me sentiré mejor con conmigo mismo”, etc.
  Otra técnica útil es la gestión en la administración de premios. Para realizarla, podéis pedir a vuestro hijo que realice una lista de actividades que le refuercen y, cada vez que logre alguna de las metas acordadas, se administre alguno de los premios. Es recomendable que, a mayor dificultad y esfuerzo requerido, de más valor sea el premio. Para que estas acciones tengan éxito es necesario que, si no cumple con lo acordado, no reciba el refuerzo. Aunque con esta técnica se haga uso de la motivación extrínseca, y no por el logro de objetivos en sí, podemos utilizarlo al principio para que, progresivamente, adquiera hábito y aumente su motivación intrínseca.
  Enviar mensajes positivos sobre su cambio de actitud (“¡Qué bien estás estudiando este curso!”,…) son reforzadores sociales muy potentes.
CARACTERÍSTICAS DE LAS METAS
  Personales. A corto, medio y largo plazo.
  Realistas. Ni demasiado exigentes.
  Adecuadas al momento. ...ni demasiado fáciles.
La autoestima
El término autoestima lo solemos utilizar para designar lo que se conoce como confianza en uno mismo. Es un tema crucial en el estudio, pues si un estudiante no se cree capaz de llevar a cabo una tarea, todo el proceso se verá afectado y difícilmente tendrá éxito. Cuando un estudiante predice el fracaso, condicionará negativamente cada paso llegando, incluso, a intentar evitar esa tarea.
Se trata de un tema crucial ya que para muchos estudiantes su principal problema en el estudio es el miedo al fracaso, provocado por una baja autoestima. Prefieren no estudiar y que los suspendan a no aprobar habiendo estudiado. La causa de esto es que no están seguros de que estudiando vayan a lograr el éxito.
¿Cómo podemos ayudar a que el hijo mejore su autoestima?
  Las atribuciones son las explicaciones que se dan las personas sobre lo que les pasa. Afectan en gran medida a la manera de actuar. Normalmente las personas con baja autoestima tienden a atribuir sus fracasos a causas internas, estables y fuera de su control (por ejemplo, “He suspendido el examen porque no soy inteligente y no puedo hacer nada para mejorar”). Los padres pueden instruir a su hijo para que aprenda a hacer atribuciones de la manera correcta. Que asimile que, si ha suspendido, ha sido porque ha hecho las cosas de un modo inadecuado, y no porque sea incapaz de hacerlo.
  Parar los pensamientos negativos y cambiarlos por positivos. Los padres pueden enseñarle a que, cada vez que detecte que está pensando de forma negativa en el estudio (“... No voy a poder con esta asignatura…”), pare ese pensamiento y lo transforme en uno positivo (“Yo puedo con ello aunque me cueste un poco más…”).
  Practicar relajación en momentos de ansiedad. A través de diferentes técnicas, como la respiración profunda o la relajación muscular, aprenderá a que la ansiedad no afecte a su rendimiento.
  Recordar y enseñar a valorar sus éxitos, sus virtudes, sin realizar comparaciones con otras personas.
  Hacer ver el fracaso como una situación pasajera de la que se puede aprender, para mejorar la próxima vez. Podéis ponerle ejemplos en los que haya mejorado gracias a su propio esfuerzo y tesón (por ejemplo, montar en bicicleta).
  Que vea el estudio no como una imposición sino como un reto en el que se puede superar a sí mismo.
  Demostrar que confiamos en ellos y en su futuro éxito.
 
 
Autocontrol
Un estudiante de 3.º de la ESO llega a casa del colegio por la tarde y, como sus padres no están, se dedica a ver un rato la TV antes de ponerse a estudiar. Pero pasan las horas y, cuando quiere empezar a estudiar, se le ha hecho tarde y no tiene tiempo suficiente para hacer todas sus tareas. Al ir a acostarse se siente culpable por no haber hecho lo que debía, y frustrado por no haber tenido tiempo libre antes de ir a dormir. Promete que, al día siguiente, no le volverá a pasar. Pero vuelve a hacer lo mismo y sus sentimientos negativos al final del día se hacen más fuertes hasta que decide no estudiar más y dedicar todas las tardes a divertirse.
Estamos ante un estudiante con poco autocontrol. Es decir, no tiene control sobre su propia conducta, se deja llevar por acciones que le producen una satisfacción inmediata, en lugar de llevar a cabo acciones que, si bien no le dan un beneficio instantáneo, a largo plazo le producirán un premio mayor, como aprobar todas las asignaturas y no tener que estudiar en verano, o poder salir con los amigos el fin de semana, en lugar de quedarse castigado. Pero, además, también logrará beneficios personales, como sentirse mejor, tener más confianza en sí mismo para afrontar nuevos retos o evitar conflictos con los padres.
Vemos, pues, la importancia de desarrollar, desde muy temprana edad, estrategias de autocontrol. Los alumnos con un buen control sobre su propio comportamiento serán capaces, a lo largo de su carrera estudiantil, de controlar mejor las situaciones conflictivas que se les presenten, donde tendrán que “sacrificarse” para conseguir sus objetivos.
Si conseguimos que los chicos desarrollen un buen autocontrol, estamos dando el primer paso para que poco a poco adquieran el gusto por el estudio en sí. Es decir, la propia actividad de estudio va a ser lo suficientemente gratificante para ellos, sin la necesidad de un premio externo.
La capacidad de autocontrol no es innata. Se trata de una habilidad que requiere un aprendizaje y un entrenamiento. Por ello, los padres pueden ayudar a que su hijo la desarrolle de los siguientes modos:
  Siendo modelos de aprendizaje para él. Es importante que observe diferentes formas de autocontrol en el entorno familiar.
  Enseñar al hijo a detectar las situaciones conflictivas, hacérselas patentes, para que él mismo se de cuenta. Si no desarrolla este conocimiento, no sabrá cuándo ni dónde aplicar las técnicas de autocontrol. Si el niño aprende, desde una edad temprana, qué es lo que determina su comportamiento, tendrá el poder de controlarlo en su beneficio.
  Una vez detectadas las conductas que queremos eliminar, reducir o aumentar (en caso de que sean positivas), el siguiente paso consistirá en desarrollar estrategias concretas para alcanzar unos objetivos de control previamente establecidos. Pueden hablar con él y explicarle qué hacer para controlar las situaciones conflictivas. Sería recomendable que desarrolle sus propias estrategias, así fomentará también la creatividad.
  Si el niño es pequeño, se pueden utilizar los cuentos. Muchos tienen como objetivo ser una herramienta de aprendizaje de ciertas conductas. Incluso se pueden inventar, creando situaciones más cercanas a las suyas y en las que al protagonista se le planteen dilemas parecidos a los del niño y los resuelva con estrategias concretas.
  El principio de curso es un momento ideal para, a través del diálogo y de una negociación conjunta, alcanzar acuerdos y realizar contratos en los que las partes interesadas, padres e hijo, se marquen unos objetivos concretos de mejora.
  La programación adecuada es la herramienta ideal para adquirir hábitos de estudio correctos y, por lo tanto, aumentar el autocontrol y enseñarle a administrar bien su tiempo. La correcta programación no solo debe ser del tiempo dedicado al estudio, sino también al ocio. Lo que se trata de hacer es que consiga un equilibrio entre ambos y le resulte más sencillo empezar las sesiones de estudio.
  A la hora de la programación hay que tener en cuenta una serie de requisitos importantes: plantearse objetivos lo más concretos y realistas posibles, nunca demasiado difíciles, pero tampoco excesivamente fáciles, adaptados a la situación personal, y teniendo en cuenta el tiempo del que dispone y las asignaturas en las que tiene más dificultad y, por tanto, a las que debería dedicar más tiempo. Debe ser flexible y modificable, para subsanar posibles imprevistos.
Una vez que se llegue a un acuerdo, no será necesario estar recordando constantemente las obligaciones al niño, puesto que ya estarán establecidas. La función de los padres será la de velar por el cumplimiento de la programación y revisar si se han cumplido los objetivos acordados.
Si los hijos mejoran su motivación, autoestima y autocontrol hacia el estudio, evitarán agobios innecesarios, el estudio será más agradable, disfrutarán de su tiempo de ocio, se sentirán más autónomos, seguros y satisfechos, con lo que estarán mejor preparados para lograr el éxito en el nuevo curso.