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  Por qué es más difícil ayudarlos y cómo conseguirlo
 

 

La incertidumbre que preside la vida de los adolescentes, embarcados en la construcción de su propia personalidad, su deseo de autonomía y el antagonismo que los alejan de los adultos los conducen a rechazar la ayuda de sus padres, aun cuando se trata de una etapa en la que la necesitan tanto o más que cuando son niños.

María José Díaz-Aguado
Catedrática de Psicología de la Educación de la Universidad Complutense

La incertidumbre

La adolescencia, período evolutivo comprendido entre el final de la infancia, que suele situarse en la pubertad (en torno a los 12 años), y el comienzo de la edad adulta (en torno a los 20), es una etapa de transición, en la que se ha dejado de ser un niño pero todavía no se es un adulto, y en la que se experimentan cambios muy importantes y un alto nivel de incertidumbre, tanto por parte del individuo que atraviesa por ella como por parte de los adultos que deben educarle. Y es que, mientras que los niños suelen reclamar y aceptar la ayuda de las personas encargadas de su cuidado, la creciente necesidad de autonomía de los adolescentes les lleva a rechazar dicha ayuda, enfrentándose a situaciones que pueden representar una amenaza para su desarrollo posterior. Este rechazo origina a veces una retirada excesivamente brusca del apoyo y atención de sus padres. Conviene recordar, en este sentido, que en la adolescencia se toman decisiones que van a orientar el resto de la vida. Los adultos deberían seguir disponibles para ayudar en dichas situaciones e ir disminuyendo su protección de forma gradual.
Los estudios psicológicos llevados a cabo sobre esta etapa llevan a destacar tres características básicas, que cambian la naturaleza de las relaciones que los adolescentes establecen con los adultos:
1) Desequilibrio y dramatización. Es un período turbulento y estresante, en el que se experimentan fuertes oscilaciones y una marcada tendencia a la exageración.
2) Cambios en la forma de ver el mundo. En esta etapa comienza a desarrollarse el pensamiento abstracto, que permite un gran distanciamiento de la realidad inmediata para juzgarla a partir de lo que podría ser, imaginar otras posibilidades además de las que existen, pensar sobre los propios procesos psicológicos, sobre lo que se piensa o lo que se siente, tratar de explicar lo que sucede a través de múltiples hipótesis, o analizar todas las posibilidades y valorar la realidad como una de dichas posibilidades. Capacidad que no todos los adolescentes desarrollan por igual y que desempeña un decisivo papel en la principal tarea que debe realizarse en esta edad: la construcción del propio proyecto vital. Para elaborarlo adecuadamente, conviene plantearse la propia vida como un conjunto de posibilidades que pueden ir mucho más allá de las realidades que rodean al adolescente. Estos cambios pueden aumentar las dificultades educativas, al hacer, por ejemplo, que el adolescente imagine nuevas posibilidades para transgredir las reglas establecidas o que descubra las contradicciones o exageraciones de lo que le dicen sus padres.
3) La necesidad de ser especial. La capacidad del adolescente para distanciarse de la realidad inmediata y pensar sobre sus propios procesos psicológicos suele llevarle en la adolescencia temprana (entre los 12 y los 16 años), la etapa que implica más dificultades en su relación con los adultos, a un tipo especial de egocentrismo, caracterizado por creer que lo que a él le preocupa es también objeto de preocupación para los demás, creyendo, por ejemplo, que los otros le prestan tanta atención (a su aspecto y a su conducta) como él mismo se presta, anticipando continuamente cuáles van a ser las reacciones que producirá en los demás, como si estuviera ante un auditorio imaginario. La tendencia de los adolescentes a pensar sobre sí mismos, a buscar su diferenciación y su coherencia, los lleva a contarse una historia sobre sí mismos, la fábula personal, basada en el convencimiento de que su experiencia es algo especial y único. Este problema podría ser el origen de las conductas de riesgo en que se implican algunos adolescentes con cierta frecuencia, creyendo que las consecuencias más probables de dichas conductas no pueden sucederles a ellos porque son especiales. La fuerte necesidad que los adolescentes tienen de sentirse especiales ayuda a explicar por qué a veces pueden considerar deseables determinados problemas (como la violencia o la expulsión de la escuela, por ejemplo). Los riesgos anteriormente mencionados disminuyen a partir de los 16 años, sobre todo cuando hay suficientes oportunidades para establecer adecuadas relaciones con compañeros, en grupos de orientación constructiva, que permitan al adolescente contar con un auditorio real con el que compartir sus pensamientos y sentimientos, y descubrir así que, a pesar de ser diferente, comparte con los demás importantes semejanzas, puesto que todos somos únicos y especiales y al mismo tiempo iguales a los demás, incluso en la adolescencia.
La propia identidad

La tarea crítica de la adolescencia es la construcción de una identidad propia, diferenciada, la elaboración de un proyecto vital en sus distintas esferas, de forma que se pueda dar una adecuada respuesta a preguntas como las siguientes: ¿quién soy yo?, ¿qué quiero hacer con mi vida?, ¿en qué quiero trabajar?, ¿cómo quiero que sea mi vida social y mi vida familiar?, ¿cuáles son mis criterios morales?, ¿cuáles son los valores por los que merece la pena comprometerse? El logro de una identidad positiva y diferenciada, que favorezca el compromiso personal y constructivo con las respuestas que uno mismo ha dado a dichas preguntas, difícilmente se alcanza antes de los 20 años.

Cuando dicha tarea se resuelve adecuadamente, se produce una identidad lograda, que se caracteriza por dos criterios generales:
1) Es el resultado de un proceso de búsqueda personal activa y no una mera copia o negación de una identidad determinada. Durante dicho proceso el adolescente suele manifestar algunos problemas (desequilibrio, apatía...), al dudar entre las múltiples alternativas y al buscar información sobre cada una de ellas (sobre cómo viven y trabajan personas que las representan, por ejemplo).
2) Permite llegar a un nivel suficiente de coherencia y diferenciación al integrar sin confundir: la diversidad de papeles que se han desempeñado y se van a desempeñar (en la familia, en trabajo...); la dimensión temporal (lo que se ha sido en el pasado, lo que se es en el presente y lo que se pretende ser en el futuro); lo que se percibe como real y como posible o ideal; la imagen que se tiene de uno mismo y la impresión que se produce en los demás (amigos, compañeros, padres, profesores...).
Antagonismo con la vida adulta
En función del antagonismo existente entre las tareas y formas de pensamiento del adolescente y del adulto, pueden comprenderse algunas de las dificultades que se producen entre las personas que se encuentran en estas dos etapas evolutivas, especialmente en contextos familiares. Y es que una de las principales dificultades que debe afrontar el adulto es la distancia que suele existir entre los sueños y proyectos de su juventud, lo que pretendía llegar a ser, y lo que en realidad es en las distintas esferas de su vida, para lo cual debe adoptar un curso de acción que va excluyendo progresivamente la multitud de posibles alternativas de las que dispone el adolescente. En lugar de buscar la superación total de las contradicciones, una buena adaptación en la vida adulta requiere comenzar a aceptarlas mientras se intenta superar lo que se puede. La tendencia radical e hiperlógica del adolescente, orientada a analizar todas las posibilidades, a detectar y combatir la más mínima contradicción, no resulta útil en la edad en la que suelen encontrarse sus padres, que deben utilizar un pensamiento más pragmático, aunque sin renunciar a transformar la realidad.
Cómo seguir ayudándole
A partir de lo anteriormente expuesto, se deduce la conveniencia de desarrollar las siguientes condiciones para seguir ayudando a los hijos cuando llegan a la adolescencia:
1) Ir retirando la protección de forma gradual. Para realizar adecuadamente la transición entre la infancia y la edad adulta, el adolescente necesita una experiencia gradual de autonomía en la que el adulto respete su capacidad pero siga comunicándose con él y permanezca disponible para ayudarle y apoyarle cuando se enfrente a situaciones que no sepa manejar.
2) Aceptar y favorecer el proceso de construcción de una identidad diferenciada. Los adultos pueden favorecer dicho proceso reconociendo que el adolescente tiene que elaborar su propio proyecto vital, que no puede dedicarse a reproducir los proyectos o identidades de sus padres, y ayudándole en el activo proceso de búsqueda que debe llevar a cabo para llegar a elaborar un proyecto positivo en el que se integren sin confundir los distintos ámbitos que implica.
3) Favorecer su integración en grupos de compañeros constructivos, que le proporcionen suficientes oportunidades para compararse y diferenciarse de los demás, relativizando así la gravedad de los problemas que vive, y descubriendo que es igual a los demás, y al mismo tiempo único y especial, sin necesidad de recurrir a situaciones y conductas de riesgo que pueden comprometer su desarrollo posterior.
4) Estimular la comprensión recíproca. La dificultad de comunicación que a veces se produce entre el adolescente y sus padres se origina, en parte, por el conflicto existente entre las tareas vitales y formas de pensar que caracterizan cada etapa. Para favorecer la superación de estas dificultades y mejorar la comprensión recíproca conviene que el adulto se ponga en el lugar del adolescente (recordando su propia adolescencia) y que el hijo se ponga en el lugar de su padre y en el de su madre. También puede ayudar, en este sentido, que cada uno de ellos tome distancia de su propia situación comparándola con la situación de otras familias, para identificar semejanzas y diferencias.
5) Seguir promoviendo contextos de comunicación, a pesar de que el adolescente los rechace.
Y para conseguirlo conviene:
1) Elegir momentos adecuados, evitando comunicar cuestiones delicadas en situaciones estresantes, y contemplar incluso la necesidad de detener una discusión cuando adopte un tono de enfrentamiento.
2) Plantear con cuidado los temas conflictivos como problemas compartidos.
3) Evitar los monólogos, los discursos y las lecciones. Los adolescentes rechazan de forma especial este tipo de comunicación, distante y/o protectora, en la que sienten que sus padres no se han enterado de que ya no son niños.
4) Estimular el intercambio de opiniones, escuchándolos para tratar de entenderlos.
5) Establecer costumbres y rutinas diarias que resulten gratificantes para todos los que participan en ellas, en las que de forma normalizada puedan comunicarse las incidencias cotidianas.
6) Evitar reñir continuamente a los adolescentes por conductas de escasa relevancia (como el arreglo del cuarto, de la ropa o la realización de tareas domésticas), porque estas riñas continuas no suelen ser útiles y reducen la calidad de la comunicación; como alternativa suele ser más eficaz establecer un plan consensuado (incluso por escrito), cuyo cumplimiento puede revisarse cada cierto tiempo en un momento de tranquilidad (revisión que también puede escribirse).