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  ¿Se puede ser amigo de los hijos?
 
El autoritarismo que caracterizaba a la familia tradicional ha sido sustituido en la actualidad por un nuevo tipo de convivencia basada en la igualdad y en nuevas relaciones afectivas. Para muchos padres, la amistad con los hijos se ha convertido en la nueva meta a alcanzar, anhelo que les ha hecho olvidar su autoridad y que ha producido efectos no deseados.
José Antonio Marina
Catedrático de Filosofía. Experto en Teoría de la Inteligencia. Escritor
 

Durante milenios, la familia ha tenido una estructura autoritaria. El sentimiento correcto de los hijos hacia los padres era el respeto, la piedad filial, que, con frecuencia, se convertía en miedo. El inquietante escritor Franz Kafka describió trágicamente esta situación en su Carta al padre: “Resultó que el mundo se dividió en tres partes: una, aquella en que yo vivía como esclavo, sometido a leyes que solo habían sido inventadas para mí y que, por añadidura, nunca podía cumplir satisfactoriamente, sin saber por qué; otra, que me era infinitamente lejana, y en la cual vivías tú, ocupado en gobernar, en dar órdenes, en irritarte porque no se cumplían, por último, la tercera, en que los demás vivían dichosos, exentos de órdenes y de obediencia”. En este escenario, la madre, también sometida a un régimen patriarcal, se esforzaba en proteger al hijo, a escondidas para no ofender al marido, colaborando con su sumisión al miedo familiar. No hay que pensar que los padres no quisieran a sus hijos, sino que los amores familiares

  están profundamente determinados por los modelos sociales que una cultura impone, y que pueden ser desastrosos.
Las últimas generaciones han querido transformar una situación tan desdichada. El gran valor en alza del último medio siglo ha sido la igualdad. Los nuevos padres quisieron romper la ancestral lejanía de sus hijos, borrar las diferencias de estatus, democratizar la familia, y, sobre todo, establecer relaciones de comunicación, intimidad y confianza, estableciendo, pues, unas relaciones afectivas nuevas. La palabra que parecía resumir mejor ese nuevo sentimiento era “amistad” y, entonces, los padres y las madres, llenos de un profundo y sincero deseo de hacer las cosas bien, anhelaron ser amigos de sus hijos. Este bienintencionado afán ha producido efectos no deseados.
Muchos padres han abdicado de su autoridad, a la que consideran un vestigio de la imagen patriarcal que rechazaban, sin conseguir por ello acercarse a sus hijos. Para evitar enfrentamientos, han preferido aguantar cosas que no les gustaban.
Al final, se ha llegado a una situación de compromiso, en que los hijos salen de casa alrededor de los treinta años por término medio, y hasta entonces conviven en familia. Los padres están deseando, por regla general, que sus hijos se independicen, las madres continúan atendiendo las labores de intendencia, y los hijos se han instalado en la “impotencia confortable”. Están cómodamente insatisfechos. Creo que vale la pena reflexionar acerca de la deseada amistad entre padres e hijos.
Tres tipos de experiencias afectivas
He dedicado mucho tiempo a estudiar el mundo de los afectos, y me gustaría explicarles algo de lo que he aprendido. Dentro del amplísimo campo de afectividad conviene distinguir al menos tres tipos de experiencias, que son aplicables al tema de este artículo:
  1. Deseos:
  Los padres desean que sus hijos los quieran, que sean felices, brillantes, ricos triunfadores, buenos.
  2. Sentimientos:
  Sienten ternura, preocupación, miedo, alegría, tristeza, irritación, cansancio, según las circunstancias.
  3. Apegos:
  Son lazos afectivos muy profundos, fundados en peculiares relaciones y en un trato continuado.

  La principal relación afectiva mutua entre padres e hijos es el apego. La familia es una urdimbre afectiva básica, una forma troqueladora de nuestro modo de estar en el mundo. Padres, hijos y hermanos forman parte de una estructura profunda. Están relacionados de una manera diferente a como van a estar ligados a otras personas. Para bien o para mal, feliz o trágicamente, y, desde luego, con mayor o menor intensidad según la edad o los acontecimientos biográficos. Conviene saber que el apego no es amor, sino una relación que puede darse incluso hacia personas a las que se tiene miedo o desprecio, cosas que no pueden darse en la relación amorosa en sentido estricto. Por ejemplo, la dependencia de una persona es un apego, pero puede estar más cerca del odio que del amor. No poder vivir sin una persona no significa quererla. El apego paterno-filial tiene una clara función evolutiva. Mantienen el vínculo incluso en circunstancias en que objetivamente no podría darse una relación amorosa. Por regla general, los padres quieren a sus hijos, aunque no sean guapos, no estén sanos o sean antipáticos e irritantes. Y los hijos, hasta hace poco, mantenían vinculaciones y responsabilidades morales hacia sus padres, durante toda su vida, con independencia de cuál hubiera sido su comportamiento.
  Sobre el apego parental o filial se van construyendo otras relaciones afectivas. Y aquí es donde
aparecen los deseos parentales y los sentimientos. ¿Cómo se manifiesta el amor de los padres a sus hijos? Desean ser queridos por ellos y desean verlos felices. La interacción, los sucesos cotidianos, los comportamientos hacen que estas dos grandes relaciones –el apego y los deseos– vayan acompañados de sentimientos positivos o negativos. Los hijos producen en los padres alegría, inquietud, ternura, irritación, satisfacción. Y los padres producen en los hijos otros sentimientos: seguridad, orgullo, alegría, irritación, miedo, confianza, tristeza, vergüenza y otros muchos.
  Entre los apegos más profundos y valiosos que nuestra cultura ha descubierto se encuentra la amistad. Despierta el deseo de comunicación, de hacer cosas juntos, de ayuda mutua. Se despliega en la confianza, en la carencia de miedos y recelos, en la ausencia de secretos, en la benevolencia al juzgar. La amistad es clara y libre. Es lógico que los padres –ansiosos por apartarse de la fría relación autoritaria– vieran la amistad con sus hijos como la gran meta a conseguir. Por desgracia, olvidaron que una de las características centrales de la amistad es la igualdad, la reciprocidad. La amistad se da siempre entre iguales. Por esta razón fue durante muchos siglos imposible la amistad entre esposos: dentro de un sistema patriarcal no había relación de reciprocidad entre ellos. Incluso en la actualidad, mucha gente duda de que pueda haber verdadera amistad –amistad no amorosa– entre un hombre y una mujer. Hasta tal punto se da por sentado que la diferencia introduce obstáculos para la amistad.
Los padres no son los compañeros de sus hijos
Ya hemos centrado el problema. La relación entre padres e hijos debería integrar algunos rasgos de la amistad, pero no todos. Los padres no son los compañeros de sus hijos, no son sus iguales. Tienen obligaciones educativas que les exigirán a veces imponer su autoridad. La pretensión de algunas madres y padres de eliminar las distancias entre ellos y sus hijos suele provocar en estos una notable irritación. La relación paterno–filial debería ser una amistad sin reciprocidad estricta. O sea, otra cosa.
Me gustaría narrarles brevemente cómo se va construyendo esta relación. El recién nacido se encuentra en total dependencia de su madre. Durante el primer año, hay un diálogo constante entre ambos, miles de pequeñas interacciones, miradas, gestos, mimos, diálogos mudos. El apego es potentísimo. A los dos años, el niño comienza su propia afirmación. Quiere un poco más de independencia, desea soltarse de la mano, desobedece a sabiendas. Según los expertos, durante este periodo el niño aprende a soportar niveles de tensión cada vez más altos. Tiene que aprender a resolver sus propios problemas, que desde el punto de vista de los padres son problemas mínimos, pero que para los niños pueden ser abrumadores.
Empieza en ese momento un verdadero entrenamiento emocional y comunicativo. Se crean los hábitos de corazón y los hábitos de la expresión. Los matrimonios taciturnos no pueden esperar que sus hijos sean comunicativos. Resumiré algunos consejos elementales para la educación afectiva del niño, advirtiendo previamente que no funcionan de manera automática. Los niños son diferentes unos de otros desde que nacen, lo que quiere decir que responden de manera distinta a los mismos estímulos, y hacen que los padres se comporten de modo distinto también. Los padres educan a los hijos, sin duda alguna, pero los hijos también educan a sus padres. Vamos ya con los consejos:
  Hay que ser conscientes de las emociones del niño y del adolescente, sin magnificarlas ni trivializarlas. Y, desde luego, no ridiculizándolas nunca.
  Hay que pensar que las situaciones emocionales son una oportunidad para intimar y enseñar, y también que pueden producir aburrimiento e irritación a los padres, porque desde su punto de vista la respuesta de sus hijos es desmesurada, repetitiva y previsible. Por desgracia, la experiencia de uno no sirve para otro. Nos cuesta aprender de oídas. De hecho, los hijos suelen comprender a sus padres cuando años después se encuentran en su misma situación.
  Hay que escuchar empáticamente, dando importancia a los sentimientos y problemas de los niños, por muy absurdos que parezcan. El momento de los consejos o de las órdenes vendrá después.
  Los padres deben dar apoyo afectivo para que sus hijos resuelvan sus problemas, pero no resolvérselos siempre.
  Es importante tener en cuenta que lo importante no es juzgar los sentimientos, sino los actos. Los comportamientos tienen que tener límites muy bien definidos. Simplificando mucho, hay padres permisivos, padres autoritarios y padres con autoridad. Esta es la mejor forma de serlo.
Quisiera detenerme en el habla. La comunicación entre personas que se quieren puede hacerse, al menos, a través de tres canales: los gestos de cariño, los comportamientos de atención, cuidado o amor, y las palabras. Los tres son necesarios, pero nuestra inteligencia es esencialmente lingüística, y solo mediante el lenguaje nos damos cuenta de las cosas que experimentamos. Es como si necesitáramos explicárnoslas a nosotros mismos y a los demás. No hay comunicación muda. Lo malo es que se apodera de nosotros, con mucha facilidad, una desidia expresiva, sobre todo en la familia. Los novios tienen una locuacidad extremada, los muchachos hablan mucho con sus amigos, pero, por comodidad, por pereza, o por desinterés, los ambientes familiares se van haciendo cada vez más silenciosos. Se mantiene un habla instrumental (información breve de lo que ha pasado y de lo que necesito), un habla interrogativa (¿qué has hecho?) y un habla pendenciera (la irritación fomenta la locuacidad). Ninguna de ellas es verdadera comunicación. Este silencio, a veces fruto del temor a hablar, que elude ciertos temas conflictivos, puede producir malentendidos o alejamientos que son difíciles de resolver.
Los hábitos comunicativos han de establecerse en la infancia. Solo así pueden resistir la turbulenta etapa de la adolescencia, cuando los grupos de iguales se convierten en el centro vital de las muchachas y los muchachos. La adolescencia es reservada y miente con destreza. Es en ese momento cuando padres y maestros querrían ser amigos de sus hijos, pero los amigos están fuera de casa. Y así debe ser. Ha comenzado el proceso de independencia, con todas las tensiones y contradicciones. Es entonces cuando los hábitos del corazón y de la comunicación ya existentes –la confianza, el que no haya conversaciones tabú, el sentido del humor, el aplauso, la crítica razonable– pueden mantenerse, dando origen a esa peculiar amistad sin reciprocidad estricta de la que les he hablado.