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  El castigo y sus alternativas
 
Para educar a los hijos es necesario, además de proporcionarles atención y afecto, enseñarles a respetar límites. Una enseñanza que es preciso llevar a cabo de acuerdo con los valores democráticos que pretendemos transmitir, sin caer en el autoritarismo de otras épocas, pero tampoco en la negligencia. ¿Es necesario castigar para conseguirlo?
María José Díaz-Aguado.
Catedrática de Psicología de la Educación de la Universidad Complutense
Las actitudes existentes en torno al castigo fueron objeto de una encuesta de ámbito nacional en 1997, promovida por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales y basada en 3 500 entrevistas a mayores de 18 años. La interpretación de los resultados que hacen sus autores (Juste, Morales y Costa) refleja que, en general, parece haber aumentando respecto a otras épocas la consideración del diálogo como la base más adecuada para enseñar a los niños a respetar límites. Sin embargo, todavía la creencia de que es necesario en determinadas ocasiones pegar a los niños o darles un buen bofetón para mantener la disciplina es aceptada por un porcentaje alarmante de personas. Claramente en desacuerdo con la primera creencia se pronuncia el 31% de los entrevistados, para los que no hay que pegar a los niños nunca, mientras que respecto a la segunda se pronuncia el 50,7%, en desacuerdo o muy en desacuerdo con la necesidad de dar un buen bofetón. La justificación del castigo físico parece estar relacionada con su uso. El 33% de los padres y madres entrevistados reconoce haber reaccionado ante conflictos graves pegando una bofetada o un azote (de vez en cuando o a menudo), frente al 65% que manifiesta no haber reaccionado así casi nunca o nunca. Los datos obtenidos en este estudio reflejan que la población española rechaza en mayor grado que en épocas anteriores la educación autoritaria y el castigo físico, pero sigue justificándolo y utilizándolo en conflictos graves, debido probablemente a la falta de alternativas eficaces para enseñar a los niños a respetar límites en dichas situaciones. Desarrollar estas alternativas es, por tanto, un objetivo básico para mejorar la educación.
Consecuencias psicológicas.
Los estudios realizados sobre la utilización del castigo como procedimiento para enseñar a respetar límites y corregir conductas inadecuadas reflejan que éste implica riesgos significativos que es preciso tener en cuenta, entre los cuales cabe destacar los siguientes:
  - La dificultad de lograr mediante el castigo el efecto corrector deseado, sobre todo a largo plazo y cuando la persona que castiga no está presente.
  - El riesgo de modificar con el castigo conductas que no se quiere modificar, pero que guardan cierta relación con la conducta castigada, o que el niño debería manifestar cuando se produce la reacción negativa que el castigo origina. En este sentido, cabría interpretar, por ejemplo, que, si castigamos a un niño a estar en su cuarto sin salir por haber suspendido, sin que entienda ni acepte dicha situación, puede que el enfado originado por el castigo obstaculice el esfuerzo necesario para estudiar.
  - La dificultad de que los niños perciban el castigo como algo motivado por su propia conducta y que no lo consideren injusto ni desproporcionado. Cuando así sucede, sus efectos pueden ser, incluso, los contrarios a los buscados.
  - El riesgo de que la persona que castiga (el padre o la madre, por ejemplo) tienda a ser evitada en el futuro, al quedar asociada al carácter aversivo y desagradable del propio castigo.
  - Cuando, al aplicar el castigo, el adulto manifiesta hacia el niño una conducta agresiva, como sucede en el denominado castigo físico, éste supone, además de las dificultades anteriores, un modelo violento que el niño puede seguir en el futuro, o aceptar que los demás lo empleen con él, incrementando así el riesgo de ser con posterioridad agresor o víctima.
 
  Disciplina educativa y eficaz

Las dificultades anteriormente expuestas,
que caracterizan a los castigos tradicionales, pueden ser superadas si la enseñanza de los límites cumple las condiciones que se analizan
a continuación:

 
1. Las normas están claramente definidas, los adultos se comportan coherentemente con ellas, proporcionando así un modelo de los valores que tratan de enseñar, y los niños participan activamente en su definición y en el establecimiento de lo que deberán hacer si no las respetan.
2. La eficacia de las normas se reduce cuando las transgresiones graves quedan impunes, puesto que la impunidad es interpretada como un apoyo implícito al comportamiento antisocial. Por eso, la permisividad con dichos comportamientos cuando éstos son extremos, los incrementa.
3. Se promueven a través de la disciplina cambios cognitivos, emocionales y de comportamiento, ayudando a que los niños entiendan por qué es inadecuada la conducta que deben cambiar (anticipando sus consecuencias negativas tanto para uno mismo como para los demás, por ejemplo), se arrepientan de dicho comportamiento e intenten reparar el daño que han originado. La eficacia educativa de la disciplina mejora sustancialmente cuando estos tres componentes son integrados con coherencia dentro de un mismo proceso.
4. Para prevenir que las conductas inadecuadas vuelvan a repetirse es necesario favorecer alternativas. Y para conseguirlo, hay que averiguar qué función cumple para el niño la conducta inadecuada, qué consigue con ella (llamar la atención, ser protagonista, resolver un conflicto, expresar que ya es mayor, integrarse en el grupo de compañeros....) y ayudarle a desarrollar una forma positiva de lograr dicho objetivo.
5. La disciplina debe ayudar a ponerse en el lugar de aquellos a los que se ha hecho daño, estimulando esta importante capacidad, la de ponerse en el lugar de los demás, uno de los motores más importantes del desarrollo social y emocional.
6. Hay que evitar reñir continuamente a los hijos por conductas de escasa relevancia, porque estas riñas continuas no suelen ser útiles y reducen la calidad de la comunicación. Para mejorar su conducta, en este sentido, suele ser más eficaz establecer un acuerdo o contrato (incluso por escrito), cuyo cumplimiento puede revisarse cada cierto tiempo en un momento de tranquilidad (revisión que también puede escribirse).
7. Conviene plantear la corrección de la conducta inadecuada en un contexto que favorezca la comunicación, para lo cual es preciso:
 
  Elegir un momento oportuno, evitando las situaciones de tensión.
  Analizarlo en relación a conductas específicas, sin caer en las descalificaciones globales, ni en las expresiones que puedan ser interpretadas como cuestionamiento del afecto incondicional que hay que manifestar a un hijo o a una hija siempre.
  Evitar los monólogos, estimulando la participación del niño o niña en la comunicación.
  Favorecer que pueda expresar por qué se comportó así, cómo cree que puede contribuir a reparar el daño originado y evitar que vuelva a repetirse dicha situación.
  Ayudarle a llevarlo a la práctica.
 
8. La eficacia de los adultos para enseñar a respetar límites aumenta cuando tienen una relación de calidad con los hijos/as, en la que existan suficientes oportunidades de realizar juntos actividades gratificantes (en situaciones relajadas, no conflictivas) y disfrutar conjuntamente.