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  Cómo prevenir el consumo de drogas.
 
Los estudios realizados en España sobre el consumo de drogas reflejan que suele comenzar a través de drogas legales, como el tabaco y el alcohol, y continúa con el cannabis (los “porros”). El hecho de consumir cada una de estas tres sustancias incrementa considerablemente el riesgo de consumir las otras dos. La edad de inicio en el consumo suele situarse entre los 13 y los 15 años, una edad crítica en la que conviene incrementar la eficacia de la prevención.
María José Díaz-Aguado.
Catedrática de Psicología de la Educación, Universidad Complutense
La percepción de las drogas está estrechamente relacionada con los consumos de riesgo, más extendidos entre los individuos que infravaloran sus consecuencias negativas. Los estudios sobre prevención desde la adolescencia llevan a destacar, en este sentido, la necesidad de:
  1 Ayudar a que comprendan sus consecuencias negativas no solo a largo sino también a corto plazo, de especial relevancia para la adolescencia actual debido a su fuerte orientación al presente. Hemos observado que uno de los mensajes contra el alcohol que más les llega es el que destaca sus efectos negativos inmediatos (disminución de la capacidad de autocontrol y aumento del riesgo de dar una impresión social negativa, por ejemplo).
  2 Favorecer que se hagan conscientes de los riesgos que las drogas pueden suponer para valores con los que se identifican, como la calidad de vida y, sobre todo, la libertad. Para conseguirlo, conviene ayudar a que entiendan lo que significa depender de una droga, fácil de percibir respecto al tabaco, dependencia que reduce muy sensiblemente la libertad del individuo y suele resultar muy difícil de superar, frente a la facilidad que hubiera supuesto no iniciarse.
  3 Sustituir la errónea creencia según la cual la mayoría de los adolescentes consumen drogas por la percepción de que lo normal en la adolescencia es no consumirlas. En este sentido, conviene que conozcan que los riesgos de las drogas se incrementan cuando su consumo comienza antes de haber finalizado el proceso de maduración, razón por la que la venta de tabaco y alcohol, que es legal para los adultos, está prohibida hasta los 18 años.
  En nuestros estudios hemos encontrado que los adolescentes suelen creer erróneamente que la mayoría de los de su edad fuman habitualmente, han probado los porros y consumen alcohol todos los fines de semana. Por el contrario, las cifras obtenidas en estudios rigurosos sobre dichos consumos permiten situarlos muy por debajo de dicho nivel (que equivaldría al 51% o más), situándose en el 28,8% (los que fuman habitualmente), el 36,9% (los que han probado los “porros”) y el 22,9% (los que consumen alcohol todos los fines de semana), según los resultados de la Encuesta a la Población Escolar de 14 a 18 años, realizada en el 2002 por el Plan Nacional sobre Drogas.
  Esta tendencia a sobrevalorar la extensión del consumo percibiéndolo como normativo suele actuar como una presión que puede llevar a que el adolescente también consuma para ser como los demás. Conviene tener en cuenta, en este sentido, que una de las razones a las que más aluden cuando se les pregunta por qué fuman o beben alcohol es que sus amigos también lo hacen. Para prevenir conviene, por tanto, ayudar a que corrijan estas distorsiones y que desarrollen habilidades que les permitan resistir la presión social cuando ésta es destructiva.
Cuándo hay que dar información
Una de las preguntas que con frecuencia se plantean los educadores es cuándo y sobre qué drogas hay que dar información, temiendo no sin fundamento que una información excesiva o prematura pudiera ser contraproducente (por despertar, por ejemplo, la curiosidad). Los estudios realizados para contestar a este interrogante reflejan la conveniencia de proporcionar información respecto a las drogas que están en el entorno del adolescente. Según los datos proporcionados por los últimos estudios, para los de 13-15 años, por ejemplo, dicha información suele hacer referencia a las tres sustancias más disponibles y consumidas: el tabaco, el alcohol y el cannabis.
Seguir disponible para ayudar también en la adolescencia
La habilidad para afrontar con eficacia y autonomía las situaciones de riesgo es un aspecto importante de nuestra capacidad de adaptación que suele desarrollarse bastante tarde. Los principios que estructuran las relaciones sociales en la infancia hacen que el niño reclame y acepte la ayuda de los adultos encargados de su cuidado ante situaciones que podrían representar una amenaza para su seguridad, permitiendo así obtener la protección que necesita. Por el contrario, la creciente necesidad de autonomía que experimenta el adolescente le lleva a rechazar la protección de los adultos y a enfrentarse a situaciones y conductas de riesgo, que pueden representar una grave amenaza para su desarrollo.
No suele ser fácil para el adulto adaptarse al cambio que supone dejar de proteger a un niño para ayudar a un adolescente. Cambio que puede originar una gran incertidumbre a muchos padres y madres sobre qué deben hacer. Y ante el cual responden a veces con un retirada excesivamente brusca de su apoyo y atención, privando así al adolescente de condiciones protectoras necesarias para su desarrollo. Para evitarlo, conviene ir retirando la supervisión de forma gradual, a medida que el adolescente manifiesta que es capaz de tomar las riendas de su vida y de afrontar adecuadamente los riesgos que pueden surgir.
La conducta de riesgo no se produce porque sí
Para comprender la conducta de riesgo en la adolescencia es necesario tener en cuenta que no se produce de forma gratuita, sino que puede ser utilizada para responder a funciones psicológicas y sociales, especialmente cuando no se dispone de otros recursos para ello. Entre dichas funciones cabe destacar: la integración en el grupo de iguales, la reducción del estrés y de la incertidumbre, obtener experiencias de poder y protagonismo, establecer la autonomía, rechazar las normas y valores de la autoridad convencional, o marcar la transición de la infancia al nuevo estatus de adolescente.
En función de lo anteriormente expuesto, se deduce que para prevenir las conductas de riesgo no basta con enseñar a rechazarlas sino que es preciso desarrollar otras alternativas que las hagan “innecesarias”.
El riesgo y la necesidad de ser especial
En la adolescencia comienza a desarrollarse una forma diferente de ver el mundo, tomando más distancia de la realidad inmediata, para juzgarla a partir de lo que podría ser, imaginar otras posibilidades además de las que existen, captar contradicciones en lo que dicen los adultos, cuestionar lo que le proponen, pensar sobre los propios pensamientos y sentimientos o analizar todas las posibilidades. Estas nuevas capacidades desempeñan un papel fundamental en la principal tarea evolutiva de esta edad: la construcción de la propia identidad. Pero pueden estar también en el origen de algunas conductas de riesgo, como el consumo de drogas, puesto que llevan a ampliar el número de alternativas que se plantean, aceptando transgresiones a las reglas establecidas, y reconociendo las frecuentes contradicciones de los adultos. Lo cual permite descubrir las inconsistencias de algunos de los argumentos o de las exageraciones de los adultos cuando intentan transmitir miedo hacia los consumos de riesgo; errores que conviene, por tanto, evitar para prevenir con eficacia.
La necesidad de sentirse especial que tiene el adolescente puede llevarle a creer que es invulnerable y que no sufrirá las consecuencias más probables de los riesgos en los que incurre (expresada coloquialmente como “yo controlo”, “puedo dejarlo cuando quiera”...). Aunque esta distorsión puede darse en cualquier edad, su fuerza en la adolescencia temprana, entre los 13 y los 15 años, es especialmente acentuada. Otra característica de esta etapa que conviene tener en cuenta es la frecuente tendencia a la dramatización, imaginándose, como si estuviera delante de un auditorio imaginario, que los demás prestan tanta atención a lo que le preocupa como él mismo. Para favorecer la superación de estas características, y su asociación con conductas de riesgo, conviene que el adolescente tenga la oportunidad de compartir sus pensamientos y sentimientos con un auditorio real de compañeros que se identifiquen con valores positivos, con los que descubrir coincidencias y sentirse al mismo tiempo especial y único sin poner en riesgo su desarrollo futuro.
   Sociedad de riesgo y medios de comunicación

Algunas de las condiciones que conducen a los consumos de riesgo de la adolescencia actual van más allá de los escenarios concretos en los que trascurre su vida, puesto que coinciden con creencias sociales muy extendidas, que entran en contradicción con los valores en los que queremos educar, y que suelen ser trasmitidas en buena parte por los medios de comunicación, y especialmente por la televisión. Entre esas condiciones cabe destacar:

  a) La orientación general al consumo, trasmitida sobre todo por la publicidad, que promueve la tendencia a buscar gratificaciones inmediatas, por encima de otro tipo de valores más difíciles de conseguir.
  b) La orientación general al riesgo, percibiéndolo como deseable o incluso como obligatorio, y el acentuado protagonismo que en los medios de comunicación se da a las conductas destructivas de los adolescentes (como el consumo de drogas o la violencia) junto a la nula visibilidad que en dichos medios tienen otras alternativas más positivas.
  c) La asociación del consumo de drogas con valores (como modernidad, valentía, éxito, popularidad, diversión...) o fomentando un ideal corporal imposible de obtener y cuya consecución conduce a consumos de riesgos asociados a la anorexia y la bulimia.
  De lo anteriormente expuesto se deriva la necesidad de modificar los medios de comunicación para que su influencia sobre la infancia no sea negativa, así como la conveniencia de ayudar a desarrollar a través de la educación una actitud crítica respecto a los mensajes que trasmiten.
La vinculación con contextos positivos ayuda a prevenir
Desde el comienzo de la vida del individuo puede reducirse su vulnerabilidad frente a distintos tipos de riesgo psicosocial favoreciendo su capacidad para establecer vínculos de calidad, basados en la confianza mutua. Capacidad que comienza a desarrollarse a partir de las relaciones que el niño establece con los adultos más significativos (su madre y su padre, generalmente), con los que va aprendiendo lo que se puede esperar de los demás y de sí mismo. Cuando el adulto responde con sensibilidad y consistencia a las demandas de atención del niño, le ayuda a desarrollar la confianza básica en su propia capacidad para influir en los demás con éxito e información adecuada sobre cómo conseguirlo. La seguridad proporcionada en la relación de apego permite al niño desarrollar expectativas positivas de sí mismo y de los demás, que le ayudan a: aproximarse al mundo con confianza, afrontar las dificultades con eficacia, obtener la ayuda de los demás o proporcionársela. En algunos casos, sin embargo, el niño aprende que no puede esperar cuidado ni protección, desarrolla una visión negativa del mundo y se acostumbra a responder a él con conductas que dificultan tanto el establecimiento de vínculos de calidad como el afrontamiento del estrés, incrementando con ello la probabilidad de las conductas de riesgo y su vulnerabilidad general.
Para ayudar a superar estos esquemas negativos o desestructurados es preciso proporcionar experiencias de interacción con adultos que tengan una adecuada disponibilidad psicológica, con los cuales se pueda aprender: 1) a confiar en uno mismo y en los demás; 2) a predecir, interpretar y expresar las emociones; 3) así como a estructurar de forma consistente el propio comportamiento en relación con el comportamiento de otras personas.
Los estudios realizados sobre distintas conductas destructivas, incluidos los consumos de riesgo, reflejan que su probabilidad disminuye cuando el individuo se vincula a contextos prosociales, y que, por el contrario, aumenta cuando se vincula a contextos en los que los agentes de referencia se orientan de forma negativa. De lo cual se deduce la necesidad de favorecer la participación activa del adolescente en grupos de orientación constructiva para prevenir dichos problemas.
El papel de la familia
La familia desempeña un papel prioritario en la prevención de conductas de riesgo, favoreciendo esquemas básicos que ayuden a vincularse al mundo de forma positiva y a afrontar adecuadamente la adversidad. Y para conseguirlo, es preciso que la educación familiar proporcione tres condiciones: una relación afectiva cálida, que dé seguridad y estimule la autonomía, una disciplina que enseñe a respetar normas y límites sin caer en el autoritarismo ni en la negligencia; y la disponibilidad de adultos con los que establecer una comunicación continua, incluso en la adolescencia, y a los que recurrir cuando haga falta.
Los estudios sobre conductas de riesgo destacan la necesidad de que los adolescentes sigan disponiendo de adultos de referencia en la familia, en los que puedan confiar para comunicarse de forma continua. En apoyo de la relevancia de dicha relación cabe destacar, por ejemplo, que el hecho de seguir realizando parte de las actividades de ocio con los padres durante la adolescencia se relacione con una menor tendencia a los consumos de riesgo.
Por otra parte, se ha observado que la tendencia a los consumos de riesgo es menor entre los adolescentes que encuentran en sus padres un claro rechazo al consumo de dichas sustancias y que se comportan coherentemente con ello, es decir, que no las consumen.
En resumen, para prevenir los consumos de riesgo la familia debe trasmitir tanto la disponibilidad de los adultos para ayudar cuando sea necesario como un rechazo claro y coherente hacia las conductas de riesgo y los límites que es preciso respetar.
Situación escolar y capacidad para orientarse hacia objetivos positivos
Como se reconoce con frecuencia, la escuela es un contexto privilegiado para prevenir los consumos de riesgo: favoreciendo conceptos y representaciones mentales que ayuden a comprender sus consecuencias, enseñando habilidades con las que aprender a tomar decisiones en situaciones de riesgo y a resistir las presiones negativas. Los estudios llevados a cabo sobre la prevención de drogodependencias reflejan que la eficacia de los programas escolares aumenta cuando se llevan a cabo a través de procedimientos muy participativos, basados en la interacción entre compañeros, probablemente debido a que las presiones que conducen a su consumo se sitúan también en dicha interacción.
Además, la escuela puede desempeñar un decisivo papel en la prevención de las conductas de riesgo favoreciendo la capacidad del individuo para orientarse hacia objetivos positivos, que le ayuden a obtener el protagonismo y el poder que necesita para apropiarse de su futuro y vincularse a contextos prosociales. Las relaciones que en el contexto escolar se establecen desde los primeros años tienen, en este sentido, una gran importancia. De ellas depende el aprendizaje de la motivación de eficacia, una de las características psicológicas más relevantes en la calidad de la vida de los seres humanos, de las que depende la capacidad para trabajar, esforzándose por conseguir lo que se desea con la suficiente persistencia como para superar los obstáculos que con frecuencia se encuentran.
Esta motivación de eficacia es aprendida a partir de las experiencias de éxito y fracaso que se han tenido a lo largo de la vida, y especialmente durante la infancia y adolescencia. Según como hayan sido dichas experiencias y los mensajes transmitidos por los adultos más significativos, en la escuela y en la familia, los niños han aprendido a anticipar unos determinados resultados (positivos o negativos) en distintas actividades y a darse a sí mismos mensajes que ayudan u obstaculizan su eficacia.
Los niños que no tienen ninguna oportunidad de éxito y reconocimiento difícilmente pueden soportar las dificultades o las comparaciones que se producen en situaciones de aprendizaje, que tienden a evitar y a sustituir por otro tipo de situaciones con las que obtener la atención y el protagonismo que necesitan. Carencia que puede incrementar la tendencia a las conductas de riesgo. Para prevenir estos problemas y favorecer la vinculación con la escuela conviene que todos los alumnos puedan obtener en ella el protagonismo académico que necesitan. Para conseguirlo en los casos más difíciles, conviene ayudar a que:
  Se planteen objetivos realistas de aprendizaje.
  Pongan en marcha acciones adecuadas para alcanzarlos.
  Se esfuercen, superando los obstáculos que suelen aparecer.
  Y lleguen a obtener éxito y el reconocimiento que necesitan por parte de los adultos más significativos (en la escuela y en la familia).
La forma de ocupar el tiempo libre
El consumo de drogas de la adolescencia actual está fuertemente concentrado en los fines de semana y en los lugares de ocio en los que se favorece dicho consumo: bares, discotecas, o los lugares en los que se sigue practicando el botellón. De lo cual se deduce que para prevenir es preciso favorecer alternativas de ocio con las que puedan cumplir las mismas funciones psicosociales que con aquellas (sentir que forman parte del grupo, buscar nuevas sensaciones, establecer rituales de transición, obtener experiencias de protagonismo y poder...), pero sin drogas. Para incrementar dichas alternativas conviene actuar tanto sobre el entorno que rodea a los adolescentes, mejorando las oportunidades disponibles, como sobre la representación que ellas y ellos tienen de dichas posibilidades, de forma que se incremente la visibilidad e interés por las formas de ocio más positivas.