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  El emerger de la inteligencia
 
La inteligencia o competencia cognitiva depende de factores genéticos y de la interacción con el medio ambiente. En los primeros meses de vida, el niño establece su relación con el medio a través de sus padres, cuya función educativa, sostiene el Dr. Campos, es esencial para que el niño alcance un nivel de maduración óptimo.
Dr. Jaime Campos
Jefe de Neurología Pediátrica
del Hospital Clínico de San Carlos de Madrid
 
El término inteligencia se ha venido utilizando como expresión de la capacidad de abstracción, aprendizaje y adaptación a nuevas situaciones, que permite –como señaló Binet– la adquisición de la habilidad para juzgar, comprender y razonar.
En la última mitad del siglo XX se ha cambiado el término de inteligencia por el de organización cognitiva, cuya medida sería la llamada capacidad mental, y constituiría una serie de capacidades de carácter simbólico estrechamente relacionadas entre sí.
La competencia cognitiva ha sido definida por Rapin como la capacidad de procesar de manera eficiente una gran cantidad de información, de manera constante, lo que permite programar comportamientos que favorecen la adaptación, no solo en un momento determinado sino permitiendo planificar el futuro.
La aparición de esta capacidad depende de la existencia de un cerebro bien estructurado así como de la interacción de un medio ambiente, mimetizante y estimulante, que permite finalmente un funcionamiento cognitivo eficiente. Esta situación depende de factores genéticos programados en un cerebro, pero cuya maduración en el momento de nacer le hace sensible –y también vulnerable– a los factores ambientales antes señalados. La inteligencia sería un proceso de información que permitiría a través de otros fenómenos, como la memoria y la atención, la codificación y ulterior reutilización de símbolos a través de la acción del pensamiento, que permite construir la experiencia personal.
La maduración cerebral es la que permite al niño alcanzar, en las distintas etapas cronológicas de su evolución, el máximo grado de perfección funcional a través del aprendizaje, permitiendo su organización general y, de manera particular, la cognición y la autoconciencia.
Los padres: PRIMEROS ESTÍMULOS
En este proceso de maduración, la interacción con el medio es regulada inicialmente por la familia. En los primeros meses de vida la conducta genética es la predominante, y el niño establece una relación con el entorno a través de sus padres que instintivamente le proporcionan los estímulos iniciales esenciales para los aprendizajes especializados de los distintos circuitos funcionales.
De esta manera, las primeras experiencias cognitivas se limitan a sensaciones de placer o displacer, gratificación o frustración, pero ya desde el primer mes de vida, es capaz de organizar de manera elemental su espacio al percibir visualmente aferencias del exterior a través de la información que le proporcionan los órganos de los sentidos (visión, tacto y audición principalmente, pero también el olor y el gusto), y los padres son los responsables de que estos estímulos lleguen adecuadamente en esta etapa precoz de la percepción del mundo externo en diversas situaciones, como por ejemplo, en las distintas posturas que al manipularle le permiten adoptar en el espacio. Lo mismo podríamos señalar con respecto a las experiencias precoces del mundo a través de la prensión; no es lo mismo ver y desear, que ver, tocar y mover.
Capacidad de abstracción
Estas experiencias precoces permiten estimular el fenómeno de la atención, al paso que, a través de los mecanismos primitivos de la memoria, proceder a crear engramas cerebrales (registros o impresiones estructurales que dejan las experiencias en las neuronas) para su nueva utilización y perfeccionamiento. Estas capacidades iniciales son puestas en servicio para alcanzar determinados objetivos, y no hay que olvidar que el mundo que le rodea es social y comunicativo, por lo que también aquí la participación de los padres es esencial para procurar comprender las reacciones de su hijo, hasta que consiguen que la interacción con el mundo, a través de ellos, sea lo más adecuada posible y para ello tienen que estar autocorrigiendo las interpretaciones subjetivas que han dado a la conducta de su hijo, mediante una repetición sistemática de una acción para conseguir un objetivo. En esta etapa precoz, en el segundo trimestre de vida, el niño ya es capaz de abstraer.
Adquisición de Conciencia propia
Por lo que venimos señalando se puede inferir que ya en el primer año de vida se posee una capacidad cognitiva general, que permite alcanzar sistemas simbólicos, inicialmente de relación con los objetos que le rodean, posteriormente con los acontecimientos del medio ambiente próximo, y de esa manera obtiene unos instrumentos que le permiten pensar, relacionarse socialmente, adquirir un lenguaje –hecho esencial para la interacción social– y finalmente –en su máximo grado de perfección– utilizar la inteligencia para adquirir una conciencia propia que le permitirá utilizar aquellos instrumentos de manera independiente. A pesar de ello seguirá bajo las influencias del medio ambiente y éstas le permitirán adquirir otros niveles cognitivos que los inicialmente conseguidos a través de la interacción paternal.
Cerebro INTELIGENTE y cerebro SOCIAL
Precisamente esta interacción ambiental ha hecho surgir, junto al concepto de cerebro inteligente, el de cerebro social. En efecto, junto a la competencia cognitiva que venimos comentando, el cerebro del niño adquiere una capacidad para entender y manejar con habilidad los diversos acontecimientos sociales que se producen en su entorno, a través de la maduración de unas funciones especiales, como ha señalado Gilbert, que permiten categorizar, entender y recordar el mundo social.
Las habilidades sociales permiten al niño, entre otros aspectos, el compartir experiencias con sus semejantes, la capacidad de imitar y representar, el desarrollo de la afectividad y la empatía o la capacidad de atribuir creencias a sí mismos o a otros. Estas habilidades son difíciles de cuantificar, variando según los objetivos propuestos o del contexto ambiental en un momento determinado, y, aunque dependen íntimamente de otros funcionamientos superiores como la cognición, el lenguaje o las funciones motoras y sensoriales, son las auténticas responsables de la conducta social.
Hoy día se admite que existen redes neuronales específicas para la conducta social, que estarían extensamente distribuidas y relacionadas con numerosas regiones del cerebro. Su origen es genético, dictando la manera de desarrollarse, pero también es sensible –y vulnerable– a las experiencias que emanan del medio ambiente. Su adecuada estimulación en etapas tempranas de la vida suponen maximizar la comunicación social, y, como ha señalado Tuchman, su alteración forma parte de graves trastornos de la comunicación infantil, entre ellas el autismo.
Mi conclusión sería que los padres deben estar concienciados de la importancia de su función educativa, y ello desde las primeras etapas de la vida del niño para que alcance un nivel de maduración óptimo, siendo responsables del mismo. De manera implícita serían los centinelas que descubrieran de manera precoz alteraciones en la misma, y por ende la aplicación de normas autocorrectoras que podrían determinar su normalización o –en su defecto– su minimización.