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  A Claudia le encantan los “sustitos”
 
Es un bebé feliz, pero nada le divierte tanto como esos achuchones que le llegan por sorpresa acompañados de sonidos estrafalarios o esos peluches que salen de repente y aterrizan sobre su pecho…  
Claudia, como Gonzalo, María…, aún no ha cumplido el año. Tiene muchas ganas de jugar, y agarrada a los barrotes de su cuna, mientras protagoniza un ballet machacón, busca el sustito, el mimo con suspense.
¡Un descubrimiento!
Desde hace unos meses, el elemento sorpresa la fascina. No sabe con qué ni cómo la sorprenderá su mamá: cosquillas en el cuello, mordisquitos en los pies… Y, a través de este juego, que le produce un agradable desconcierto, se ha ido dando cuenta de que su mamá no hace siempre lo que ella espera, y así ha ido captando una incipiente idea de diferenciación: su mamá y ella no son una misma persona.
¡Qué paciencia hay que tener!
Claudia se pasa el día esperando: a que le den la comida, a que la bañen, a que la saquen del corralito, a que… No hay persona en el mundo más desesperadamente paciente que un bebé.
Jugando a una especie de emocionante escondite, en el que la cara de mamá aparece y desaparece como los ojos del Guadiana detrás de un muñeco, de un mueble o de sus propias manos, ha aprendido también que mamá se va pero vuelve. Esas secuencias de sustitos que empiezan con un delicioso cucú y acaban en un sorprendente ¡tras! son separaciones simbólicas que ratifican la diferenciación y que tranquilizan porque convierten la espera en algo positivo. Y es que, cuando mamá "vuelve"…, ¡qué risa nos da a todos!
¡Atención!
A los bebés, los juegos de sorpresa, definitivamente, les encantan y, desde luego, no son un invento de la pedagogía moderna. Se han practicado siempre, quizás sin saber que actúan como poderosos estimulantes de la atención: el bebé está pendiente de su madre o de su padre, atento a lo que puede suceder. Mientras se divierte, trabaja su concentración. Si bien el cerebro precisa seguir una rutina para funcionar bien, necesita también interesarse por lo nuevo, y la sorpresa, que incluye un preámbulo de incertidumbre, de alerta, de expectativa, crea un estado mental necesario para el mejor aprendizaje.
El juego es algo muy serio, sí, mucho más de lo que parece. El juego permite a los bebés recopilar información sobre el entorno y situarse en "el mundo" en una etapa de su vida en la que la capacidad de aprendizaje es extraordinaria.
Hay muchos tipos de juegos, muchas formas de estimular el aprendizaje jugando y muchos elementos que intervienen en estos procesos para enriquecerlos.
Lo cierto es que los pequeños, que aprenden hasta por los poros de la piel, no desaprovechan el juego.
¡A jugar!
No se debe jugar a cualquier cosa a cualquier edad. Hay que conocer las capacidades físicas y sociales de cada niño para proporcionarle un verdadero rato de diversión y evitar que se sienta infravalorado o desbordado. La clave está en estimular las habilidades que el niño está desarrollando en ese momento.
Los juegos de achuchones, cosquillas y sorpresa son grandes oportunidades para estimular la curiosidad del niño, su autoconfianza y autocontrol, su adaptación social y su capacidad para comunicarse, pero hay que asegurarse de que está preparado para ello.
Los abrazos y caricias son casi siempre bienvenidos, pero hay ciertos juegos para los que previamente han de adquirir cierta madurez si queremos que realmente disfrute. Antes de divertirse con el juego del “cucú, ¡tras!”, habrá tenido que establecer con su madre un fuerte vínculo afectivo y tener cierta memoria inmediata, de forma que disfrute con impaciencia el momento de su reaparición: si no es así, podría angustiarse innecesariamente. O para buscar un juguete escondido tendrá que haber aprendido que los objetos y personas existen aunque estén fuera del alcance de su vista. Y, por supuesto, deberá adquirir madurez corporal para llevar a cabo ciertos juegos motores.
Por otra parte, su atención e interés son bastante limitados. Para un bebé, diez minutos pueden ser
una eternidad. En cualquier caso, el niño siempre nos dará señales de lo que le gusta y disgusta
a través de sus reacciones. Hay que saber interpretar cuándo ha tenido suficiente o no le agrada la
actividad. La comprensión de sus necesidades nos ayudará a desempeñar mejor nuestro papel
como compañero de juego.
La mejor forma de jugar con un niño es siendo nosotros “muy niños”, desinhibidos, sin
complejos. Debemos servirle de modelo y repetir e imitar sus conductas. Pero también les
divierte el factor sorpresa.
Los cambios en el tono de voz, la exageración en los gestos y movimientos, la variación en
el ritmo de juego haciendo que el muñeco no aparezca siempre por el mismo sitio o que la
secuencia de palmadas no siempre sea la misma hacen que su atención e interés se
mantengan y que aumente su curiosidad. Desde luego, necesita un ambiente
estimulante que le ofrezca muchas cosas interesantes para ver, oír, tocar, oler y
gustar, pero siempre con el cariño y la imaginación de sus padres.
Juegos para el primer año de vida
  Durante su primer trimestre de vida, el bebé desarrolla fundamentalmente su visión, su audición y su tacto. Es importante establecer contacto visual y corporal con él. Le gusta escuchar mientras le hablan o le cantan dulcemente meciéndole y mirándole a los ojos. Las sonrisas, los gestos, las vocalizaciones afectuosas..., dentro de su campo visual, harán que pronto los imite. Adora cuando los demás se le acercan haciendo muecas (abrir la boca, sacar la lengua, poner cara de sorpresa...). Los masajes, sobre todo en sus manos, y las caricias con los dedos u objetos suaves también fortalecen los lazos afectivos y le proporcionan seguridad.
  Durante el segundo trimestre ya realiza un montón de acciones y emite gran variedad de sonidos. Si lo imitamos repetitivamente y le damos el tiempo necesario, el niño pronto responderá y comenzará un verdadero diálogo. Disfruta con juegos cortos e iterativos que desembocan en unas agradables cosquillas, trotar sobre las rodillas de sus padres o experimentar vaivenes y zarandeos al son de una canción (“Arre caballito”, “Aserrín”). Le gusta tener libertad de movimientos (cambiar de posición, hacer giros, alcanzar objetos, etc.) y compartir con sus padres estos logros. Sus caricias, abrazos, aplausos y jaleos afianzan su autoestima y refuerzan el vínculo afectivo que le permitirá más adelante separarse de ellos sin grandes dificultades.
  En el tercer trimestre comienza a interesarse por su entorno y empieza a comprender que las personas y los objetos existen aunque no los pueda ver, por lo que le divierte quitarse un pañuelo que le cubre la cabeza cuando le preguntan “¿dónde está Claudia?... ¡Aquí!” (“te veo”, “cucú...¡trás!”) o buscar un objeto que hemos escondido en su presencia. Se da cuenta hasta cierto punto de las consecuencias de sus actos, por lo que juega repitiendo todo aquello que le parece interesante. Disfruta con actividades que implican ida y vuelta, como dar o tirar objetos para que se los devuelvan, comprobando su poder sobre las cosas... y también sobre sus padres. Le siguen gustando las canciones mimosas y los juegos de gestos y sonidos. Continúa su madurez motora y le complacen todos los juegos en los que haya que utilizar el cuerpo: gatear, girar, sentir el peso de su cuerpo saltando sobre sus pies mientras el adulto le mantiene erguido, vivir la sensación de equilibrio-desequilibrio cuando es acercado y alejado de nuestra cara, al apoyarle boca abajo sobre nuestras piernas flexionadas estando tumbados boca arriba. ¡Todo un parque de atracciones!
  En el cuarto trimestre ya tiene habilidades suficientes para pasar a la acción y descubrir el mundo. Le gusta cualquier tipo de juego que implique movimiento y contacto. Como siempre, sus padres son su mejor juguete. Hacer carreras a gatas por el pasillo, jugar al “que te pillo” o subir por el cuerpo de papá como si fuera una montaña. También le fascina vaciar recipientes que hemos llenado de objetos, tirar las torres que le construimos o devolver rodando una pelota que le hemos lanzado. Es muy estimulante ver cuentos juntos, mientras escucha al adulto nombrar los objetos o emitir onomatopeyas que él trata de repetir, o simular largas conversaciones telefónicas. Además de las canciones, también le gustan los juegos de manos y dedos que contienen rimas y que suelen acabar en cosquillas en su cuello o su tripita (“Éste encontró un huevo, éste...”). Su mayor coordinación le permite moverse al son de la música, aprender el juego de “palmas, palmitas” y hacer ruido de forma intencionada con todo lo que pilla: ¡podríamos formar una orquesta!
   Algunas pautas
• Los juegos de sorpresa no se deben iniciar antes de los tres meses.
• El juego de sorpresa es un juego y no una estrategia para otros fines.
• Las personas son los juguetes favoritos del bebé. Para un bebé, jugar significa relacionarse con las personas que lo rodean.
• Le gustan los juegos cortos y repetitivos que desembocan en una secuencia previsible con resultados agradables (cosquillas).
• Se ríen tras una secuencia de estornudos simulados, exagerados por el adulto.
• Disfrutan con los juegos de los dedos de la mano del adulto, que recorren su cuerpo como si fueran las patas de un bichito.
• Les encantan las marionetas de guante y el “que te pillo, que te pillo” acompañado de canciones. También los zarandeos, el “Arre, arre caballito”, dar palmas acompañadas de canciones y que jueguen con sus deditos.