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  Autoestima e imagen corporal
 
En las últimas décadas se han producido importantes avances hacia la igualdad entre hombres y mujeres en sus oportunidades para desarrollarse, que encuentran su máxima expresión en la preparación de las jóvenes, sus expectativas laborales y deseo de igualdad e independencia. Pero, a pesar de dichos avances, la adolescencia de las chicas parece ser en muchos casos más difícil que la de los chicos, como se manifiesta en tres tipos de problemas estrechamente relacionados: las dificultades de autoestima, los síntomas depresivos y los trastornos de alimentación. ¿Por qué razón lo pasan tan mal algunas adolescentes?
Sexismo y autoestima
El sexismo obstaculiza el desarrollo y la calidad de la vida de todos los seres humanos al reducir sus valores a los tradicionalmente considerados como masculinos o femeninos, y al obligar a identificarse con problemas como la necesidad de lograr estereotipos de belleza imposibles o como la de obtener continuamente la aprobación de los demás, en el caso de las mujeres, y como la dureza o la falta de empatía, en el caso de los hombres. Problemas que surgen como resultado del aprendizaje y la cultura y que el sexismo pretendía atribuir a la biología.
En función de dichas diferencias pueden explicarse los resultados obtenidos en
numerosos estudios en distintos contextos culturales, en los que se observa que las
adolescentes tienen un inferior nivel de autoestima que los adolescentes, debido
probablemente a:
La especial dificultad que la construcción de una identidad propia y
diferenciada
, principal tarea de la adolescencia, parece suponer para las
chicas, así como para sus padres, que con cierta frecuencia se resisten a
aceptar la necesidad de ir retirando gradualmente el apoyo y protección que
proporcionaban a su hija durante la infancia. En el caso de los chicos estas
dificultades suelen ser sensiblemente menores.
El hecho de que las adolescentes sean más dependientes de la
aprobación de los demás y más sensibles a las evaluaciones
negativas que los adolescentes.
En función de esa mayor dependencia
puede explicarse también el superior estrés que el incremento de la
interacción con compañeros de otro género suele suponer para las chicas,
debido a la superior frecuencia con la que ellos emiten y ellas reciben
conductas negativas en dichos contextos.
El conflicto originado entre los cambios corporales que produce la
pubertad en las chicas y la imagen que los medios de comunicación
transmiten de la mujer ideal
, en los que la delgadez extrema queda
fuertemente asociada no solo a la belleza, sino también al éxito y a la eficacia.
La presión que esta imagen ejerce sobre muchas mujeres debe ser
considerada y combatida como una de las más extendidas alienaciones
que sufren en la actualidad.
Depresión y anorexia
Para valorar las consecuencias que estas dificultades de autoestima producen en la salud y el bienestar de las adolescentes, conviene tener en cuenta que incrementan el riesgo de aparición de síntomas depresivos y de trastornos de alimentación, como la anorexia, producida por la obsesión por perder peso, una de las principales causas de muerte en la adolescencia, y que se da sobre todo en chicas (en más de un 90% de los casos), entre los 13 y los 17 años, que se perciben como gordas y rechazan los cambios corporales de la pubertad. Se trata de jovencitas con un elevado nivel de autoexigencia (pretenden ser perfectas en todo), escasas habilidades para resolver los conflictos emocionales que originan las discrepancias entre los ideales y la realidad, una gran capacidad de autodisciplina y que, con cierta frecuencia, tienen amigas también obsesionadas por la pérdida de peso. Para prevenir estos problemas conviene tener en cuenta, además, que las adolescentes con una identidad sexista rechazan más su imagen corporal y sufren más trastornos de alimentación que las adolescentes con un identidad no sexista.
Cambios con la edad
Para comprender por qué estos problemas afectan más a las mujeres que a los hombres es necesario tener en cuenta, también, algunos cambios que se producen con la edad en riesgo de depresión y sus antecedentes. Los estudios realizados reflejan que hasta los seis años los niños los sufren en mayor medida que las niñas, que estas diferencias disminuyen o desaparecen entre los seis años y la pubertad, y que se invierten a partir de dicho momento evolutivo, desde el cual la frecuencia de depresiones es mucho mayor (el doble) entre las mujeres que entre los hombres.
Respecto a los trastornos de alimentación, se ha observado una inversión similar en la pubertad, puesto que antes de llegar a ella los niños los padecen con mayor frecuencia, al contrario de lo que sucede después. Y es que el sexismo, además de otras limitaciones, reduce considerablemente el repertorio de estrategias que se permite utilizar a los niños y las niñas, originando diferencias evolutivas en la vulnerabilidad a los problemas emocionales relacionados con la depresión y con los trastornos de alimentación. Así, la superior tendencia de las adolescentes a deprimirse o a obsesionarse con el peso podría estar relacionada con la menor frecuencia con la que utilizan estrategias activas de resolución de conflictos o estrategias de distracción (más eficaces para superar la mayoría de las dificultades habituales de la adolescencia) y con su superior tendencia a rumiar los problemas (a centrar su atención en los pensamientos y sentimientos problemáticos), dramatizándolos en exceso y llegando, a veces, a obsesionarse con ellos.
Acción frente a emoción
Las investigaciones llevadas a cabo sobre la socialización de las emociones reflejan, como posible origen de estos estilos de afrontamiento, que a los niños se les enseñan estrategias de acción y cómo exteriorizar la ira y la hostilidad en mayor medida que a las niñas; y que a ellas se las educa para pensar sobre las emociones, ponerse en el lugar de los demás, sentir empatía y expresar la tristeza (incluso llorando) mucho más que a ellos. Diferencias que parecen ser una ventaja para las niñas cuando son pequeñas, pero un inconveniente desde la adolescencia para resolver determinados problemas cotidianos, probablemente debido a la superior compatibilidad del estereotipo femenino con las características infantiles que con lo que se espera de una persona independiente en la mayoría de las situaciones desde la adolescencia.
Por otra parte, para comprender las limitaciones que el sexismo supone en las estrategias de afrontamiento emocional también para ellos y las personas que los rodean, conviene tener en cuenta, por ejemplo, que las tasas de violencia y de suicidio entre los hombres son, en cualquier edad, superiores a las que se producen entre las mujeres. Cabe suponer para explicar este último problema que, ante una situación de extrema gravedad, en la que no se ve salida, las estrategias de distracción y acción, más disponibles para los adolescentes, sean menos eficaces que las estrategias de pedir ayuda y “llorar”, tradicionalmente consideradas como femeninas. A esta conclusión permiten llegar los resultados obtenidos en estudios recientes sobre cómo reaccionan los y las adolescentes frente a una situación de extrema violencia, como es el abuso sexual, en los que se encuentra una tasa de intentos de suicidio trece veces superior entre los chicos que entre las chicas.
  La ayuda de los adultos

Para que los adultos puedan ayudar a prevenir o a resolver los problemas de autoestima que con cierta frecuencia se producen en la adolescente conviene:

1. Aceptar la creciente necesidad de autonomía que experimenta la adolescente con la edad, para lo cual es necesario que los adultos vayan retirando de forma gradual la protección que le proporcionaban de pequeña, pero manteniendo al mismo tiempo una comunicación continua y permaneciendo disponibles para ayudar y apoyar en situaciones de riesgo o cuando se enfrente a problemas que no sepa manejar.
2. Favorecer el proceso de construcción de la propia identidad, diferenciada de la de los adultos que la rodean, en la que pueda integrar adecuadamente los distintos ámbitos (salud, trabajo, pareja...), superar las tendencias sexistas que excluyen valores fundamentales u obligan a identificarse con problemas, y aprender a resolver las frecuentes tensiones que origina la discrepancia entre la identidad ideal (lo que se desea ser) y la identidad real (lo que se percibe ser).
3. Ayudar a desarrollar una actitud crítica respecto a los mensajes que transmiten los medios de comunicación, especialmente la publicidad y los relacionados con dietas y adelgazamientos, comprendiendo que a veces contribuyen a perseguir situaciones imposibles, o incompatibles con la calidad de la vida y otros valores que la propia adolescente considera prioritarios (como la libertad, la igualdad o la salud, por ejemplo).
4. Prevenir los problemas que pueden derivarse del sobrepeso así como de los que con cierta frecuencia origina la obsesión por las dietas, estableciendo rutinas constantes de alimentación en las que se combinen de forma equilibrada y saludable los nutrientes necesarios para un adecuado desarrollo, de forma que puedan mantenerse dichas rutinas sin un excesivo sacrificio ni tener que prestarles una atención obsesiva.
5. Fomentar que la adolescente adquiera habilidades de resolución de conflictos emocionales sin caer en el fatalismo ni en la dramatización, para lo cual conviene ayudar a que:
  Tenga en cuenta toda la información necesaria para entender el problema, superando la tendencia a distorsionarlo al considerar solo un aspecto del mismo.
  Detecte y corrija las distorsiones y creencias irracionales que con frecuencia se dan en situaciones estresantes, así como algunas de las tendencias que las producen, como el absolutismo y el pensamiento blanco-negro, que lleva a ver como totalmente inadecuado lo que no es absolutamente perfecto, y a que genere pensamientos alternativos, más matizados y relativistas.
  Sustituya la orientación fatalista, que ve las dificultades como fracasos irresolubles en los que no puede hacerse nada, por una orientación práctica que los defina como problemas a resolver.
  Aprenda un procedimiento sistemático e inteligente para la resolución de los conflictos emocionales, llevando a cabo las siguientes fases: definir en qué consiste el problema identificando todos sus componentes, ordenar los distintos objetivos que implica, generar varias soluciones para resolverlo, anticipar las consecuencias positivas y negativas de cada una de ellas, en función de lo cual elegir la que se considere mejor para la globalidad de los objetivos implicados, y poner en práctica dicha solución aplicando un plan realista que cuente con los posibles obstáculos. El hecho de escribir las distintas fases de este proceso suele favorecerlo.
  Se acostumbre a valorar los resultados que obtiene con optimismo, reconociendo los progresos aunque estén lejos del objetivo final, y centrando la atención en los aspectos más positivos de la realidad, pero sin dejar de percibirla con precisión.