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No
quiero ser como mi madre |
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| Es normal que los adolescentes cuestionen a los adultos que los rodean en el proceso de construir su propia personalidad. Lo preocupante es que muchos de los jóvenes actuales manifiestan, además de un rechazo al modelo que sus padres representan, dificultades para construir su propio futuro derivadas de su menor disposición a hacer esfuerzos y a asumir responsabilidades. |
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María José
Díaz-Aguado
Catedrática de Psicología de la Educación. Universidad Complutense |
| "No
quiero ser como mi madre, todo el día agobiada,
trabajando sin parar, fuera y dentro de casa. Para eso
es preferible no trabajar”. “No quiero ser
como mi padre, tanto esforzarse toda su vida ¿para
qué?”. “No merece la pena esforzarse
tanto. Hay que vivir el presente sin preocuparse por el
futuro”. Son frases que a veces escuchan perplejos
algunos adultos cuando cuestionan la falta de esfuerzo
de los adolescentes para construirse su futuro. ¿Cómo
interpretarlas?, ¿por qué los adolescentes
rechazan a veces lo que más ha costado conseguir
a la generación anterior?, ¿son casos aislados
los que las expresan o reflejan una característica
de la generación actual? |
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| Tarea básica del adolescente |
| Para interpretar las críticas que los adultos reciben con frecuencia de los adolescentes a los que deben educar conviene tener en cuenta, en primer lugar, algunas características propias de la adolescencia. Etapa en la que se producen importantes cambios en la capacidad de ver el mundo, imaginando otras posibilidades además de las que existen, y juzgándolas de forma que a veces parece excesivamente radical. Estos cambios llevan al adolescente a reconocer las frecuentes contradicciones que suelen existir en la vida de los adultos, descubriendo las inconsistencias de algunos de los argumentos o de las exageraciones en las que caen, especialmente cuando intentan corregirle. Errores que podrían evitarse tratando de incrementar la coherencia entre lo que le pedimos y lo que hacemos y no presentando nunca como modelo a seguir nuestras propias contradicciones, que convendría considerar, sin embargo, como un problema que hay que superar. |
| Este incremento en la capacidad
crítica del adolescente puede resultar de gran relevancia
para resolver adecuadamente la tarea fundamental de esta etapa
de la vida: construir la propia identidad elaborando un proyecto
vital en función del cual tomen decisiones que van a
ejercer una gran influencia en su futuro. Para favorecer que
esta tarea se resuelva adecuadamente, conviene tener en cuenta
que debe cumplir dos requisitos básicos: |
| 1 Ser
el resultado del proceso de búsqueda personal activa,
y no una mera copia o negación de una identidad determinada,
como la de su madre o su padre. En dicho proceso el adolescente
se plantea distintas posibilidades, duda entre varias alternativas
y busca activamente información sobre cada una de ellas
(sobre cómo viven y trabajan personas que las representan,
por ejemplo). La construcción de la identidad surge después
de dicho proceso, durante el cual el adolescente puede experimentar
cierta inestabilidad y expresar críticas importantes
a determinadas características de los adultos que le
rodean. |
| 2 Permitir llegar a un nivel suficiente de coherencia y diferenciación, integrando sin confundir las distintas dimensiones de las que depende un proyecto vital, como la dimensión temporal (comprendiendo que el futuro se construye desde el presente); lo que se percibe como real y como posible o ideal (transformando lo que se es para acercarlo a lo que se quiere ser, aunque no se consiga totalmente); o la diversidad de papeles que se han desempeñado y se van a desempeñar (como el trabajo y la familia). En función de lo cual, no es de extrañar, por ejemplo, que algunas adolescentes critiquen los horarios inacabables de sus madres al tener que superar tantos obstáculos para compaginar el trabajo y la familia. Para evitar que esta crítica conduzca a una identidad negativa, contra los valores de igualdad que tanto está costando construir, conviene que la adolescente compare las dificultades y logros que observa en su madre con otras opciones vitales, para llegar a construir alternativas más equilibradas y justas a la doble jornada que actualmente viven muchas mujeres. |
| Conviene tener en cuenta, además, que el proceso de construcción de la identidad supone una serie de tendencias que pueden ser vividas como un problema, y que efectivamente lo representan si se prolongan en exceso, entre las cuales cabe destacar: |
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La difusión de identidad, ignorando quién se es o hacia dónde se va. Problema que se detecta por la ausencia de objetivos y la apatía, la incapacidad de esforzarse con cierta intensidad o durante un tiempo prolongado en una determinada dirección y, por último, la dificultad para decidir o para comprometerse con las propias decisiones. |
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La fijación prematura de identidad es el extremo opuesto al problema anterior. En esta condición, que limita considerablemente las posibilidades de desarrollo del individuo y su compromiso a largo plazo con los valores adoptados, se pueden tener proyectos y objetivos claramente definidos, pero éstos no son el resultado de una búsqueda personal entre distintas alternativas, sino la consecuencia de una presión social excesiva y/o de su propia dificultad para soportar la incertidumbre que genera el cuestionamiento de una identidad proporcionada por otras personas. Las personas que establecen sus proyectos vitales de forma prematura, sin crisis ni cuestionamiento de una opción propuesta por otra persona (y que suelen decir haber elegido incluso desde su infancia) suelen parecer más tranquilas y equilibradas que sus compañeros cuando atraviesan por dicha crisis, pero pueden vivirla cuando ya están en plena edad adulta, con las superiores dificultades que ello supone para resolverla adecuadamente. |
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La identidad negativa se produce cuando resulta muy difícil la búsqueda de alternativas constructivas a una determinada identidad convencional (la que proponen los padres o la sociedad, por ejemplo), pero no se quiere seguir dicha propuesta, sino que se reacciona contra ella, negándola. El resultado de dicho proceso suele ser también muy estereotipado y limita considerablemente el desarrollo del individuo, puesto que éste suele producirse en referencia a una determinada identidad aunque en sentido contrario. Cuando el rechazo a la forma de ser de la madre o del padre es absoluto y se basa en la negación de sus valores, más que de sus contradicciones, puede dar origen a una identidad negativa. Para prevenirlo, hay que favorecer las dos características que ayudan a la construcción de una identidad positiva: búsqueda activa e integración coherente de las distintas dimensiones que la componen. |
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| Conviene tener en cuenta, además, que el logro de una identidad positiva y diferenciada, que favorezca el compromiso personal y constructivo con las respuestas que uno mismo ha dado a los interrogantes que plantea, suele comenzar a lograrse en torno a los 21-23 años, etapa en la que disminuyen los problemas que suelen producirse durante la adolescencia (como la apatía o las dificultades para esforzarse por el futuro), estrechamente relacionados con la crisis de identidad. |
| La orientación para el futuro |
| Los estudios sociológicos llevados a cabo en los últimos años destacan una serie de características de la juventud actual, como sus dificultades en el proceso de emancipación, escasa orientación hacia el futuro y frecuente experiencia de fracaso escolar, que conviene tener en cuenta para comprender su rechazo hacia actividades que requieren esfuerzo. Así se refleja, por ejemplo, en el estudio llevado a cabo por el Instituto de la Juventud (Juventud en España: 2000, de Martín Serrano y Velarde Hermida) del que cabe destacar los siguientes resultados: |
| 1 La felicidad se equipara a la ausencia de responsabilidades, puesto que la infancia es considerada como la etapa más feliz de la vida por verse libre de ellas. El 44% la considera la etapa más feliz y el 48% como una etapa igual de feliz que otra/s. Esta tendencia aumenta entre los chicos y entre los que han comenzado a asumir obligaciones laborales y familiares, que son percibidas como la principal amenaza contra la felicidad. Concepto claramente contrapuesto al que tuvieron sus padres cuando eran jóvenes, mucho más orientados a incorporarse a las responsabilidades adultas. No es de extrañar, por tanto, que en el 2000 los jóvenes retrasen en tres años el momento en que consideran que comienza la edad adulta, que sitúan como media en los 33 años y ocho meses. Mientras que en 1990 lo situaban en los 30 años y medio. Esta actitud que los jóvenes actuales manifiestan hacia las responsabilidades adultas está estrechamente relacionada con las dificultades y retraso de su incorporación a dicho papel. |
| 2 El fracaso en los estudios y la incertidumbre sobre el futuro laboral son las principales fuentes de preocupación. El 35% dice que el problema que más le preocupa es el estudio o el trabajo, porcentaje que sube en 10 puntos respecto al de 1991, momento en que la respuesta más frecuente (del 30%) consistía en decir que no había ningún problema personal que le preocupara. |
3 Ante la incertidumbre y el fracaso reaccionan con una fuerte tendencia a pensar solo en el presente. La mayoría de los jóvenes (el 66%) está de acuerdo con la idea de que “el futuro es tan incierto que es mejor vivir al día”. Actitud que es compartida por un porcentaje muy similar a lo largo de la última década; y que parece estar estrechamente relacionada con la falta de perspectivas de futuro, puesto que dicha actitud disminuye cuando:
a) Se superan los estudios primarios y, sobre todo, cuando se alcanzan los universitarios; b) no se tienen sentimientos de fracaso escolar; c) se leen 5 o más libros al año; d) no se ocupa mucho tiempo viendo la televisión; e) a partir de los 21 años. |
| 4 Riesgo de exclusión y fracaso escolar. La experiencia de fracasar en el colegio o el instituto está muy extendida, puesto que afirma haberla vivido el 38%, cifra que supera bastante a la de los que afirman haber tenido una experiencia similar en la Universidad (el 23%). Para valorar el significado del fracaso en los primeros niveles educativos conviene saber que está estrechamente relacionado con el abandono prematuro de los estudios, y que el sentimiento de fracaso es más frecuente: a) entre los chicos; b) entre los que son adolescentes en el momento de realizar la encuesta; c) y tanto más frecuente cuanto mas bajo es el estatus socioeconómico. |
| Cómo ayudarlos a esforzarse |
| La experiencia de los adultos encargados de educar a los adolescentes coincide, pues, con los resultados obtenidos en los estudios sociológicos, en detectar una llamativa falta de orientación hacia el futuro en un porcentaje importante de adolescentes. Característica que queda claramente asociada a otros problemas y a la que la educación debe prestar una atención especial. Para ayudar a superarla conviene: |
| 1 Incrementar las oportunidades reales que actualmente proporcionamos a los adolescentes para aprender a ejercer deberes y derechos, para perder el miedo a la responsabilidad, ayudándolos a asumirla de forma gradual, y poder desarrollar así un proyecto vital propio y positivamente orientado, con el que apropiarse de su futuro y construirlo adecuadamente. |
| 2 Favorecer todo el proceso que regula la capacidad individual para esforzarse por lo que se quiere conseguir y superar los problemas originados por la frecuente experiencia de fracaso que se produce en la escuela: |
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• Ayudándolos a definir sus propios objetivos, por los que consideran merece la pena esforzarse, elaborando planes realistas sobre cómo avanzar en su consecución, llevando a la práctica dichos planes, superando los obstáculos que surgen, y valorando sus resultados de forma que se favorezca la movilización de la energía necesaria para avanzar. |
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• Cuidando bien los mensajes que transmitimos a los adolescentes cuando deben superar dificultades, de manera que resulten positivos y alentadores. |
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• Ayudándolos a superar los problemas producidos por la repetida experiencia de fracaso escolar: poniendo en práctica estrategias eficaces para mejorar sus resultados, de forma que obtengan el reconocimiento que necesitan, y enseñando a definir los fracasos como dificultades a resolver, analizando qué se puede cambiar para mejorar, y enseñando a valorar el progreso aunque éste se encuentre lejos del objetivo final, con un optimismo inteligente: acostumbrándose a centrar la atención en los aspectos más positivos de la realidad, pero sin dejar de percibirla con precisión. |
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