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La adolescencia siempre ha sido una etapa complicada. En ella dejamos atrás la infancia y nos adentramos en la vida adulta. Es un periodo de independización de la familia y de integración autónoma en la sociedad. El proceso educativo entraña una contradicción que a veces resulta dolorosa. El niño nace absolutamente dependiente y tiene que irse liberando de esa dependencia. Y la familia es el escenario de esta rebelión, que con frecuencia asusta e irrita a los padres. Hasta tal punto se considera decisivo este periodo que en casi todas las culturas antiguas había unos “ritos de paso” que marcaban la transición de una edad a otra. Incluso en la religión católica, el sacramento de la confirmación era, de alguna manera, el sacramento de la adolescencia. El momento en que un joven aceptaba voluntariamente el bautismo al que había sido sometido de niño sin su consentimiento.
Doble efecto
Aun siendo verdad todo esto, hemos de reconocer que la adolescencia se ha hecho en nuestro tiempo especialmente complicada. ¡Socorro, tengo un hijo adolescente! es el título de una obra que alcanzó gran popularidad. En una revisión de la prensa española, francesa e inglesa, que he hecho con la ayuda de mis alumnos, hemos podido comprobar que la adolescencia solo aparece en los periódicos por motivos desagradables: el botellón, los actos de vandalismo, el fracaso escolar, los embarazos adolescentes o la violencia en la escuela. En Francia se están intentando medidas casi policiales para llevar la disciplina a los centros educativos. Todo esto produce un doble efecto malsano. En primer lugar, aumenta la sensación de alarma. En segundo lugar, la demonización de la adolescencia puede fomentar el fenómeno que se quiere evitar. Si proponemos como modelo de adolescente, aunque sea para quejarnos, una persona violenta, egoísta y poco solidaria, los jóvenes acabarán copiando ese modelo.
La situación real
Por esta razón conviene estudiar este asunto con más cuidado. ¿Cuál es la situación real? ¿Cuáles son los valores que rigen la conducta de nuestros adolescentes? ¿Por qué estamos alarmados?
 
EN CUALQUIER ÉPOCA, LA adolescencia ha sido La etapa MÁS conflictiva en el desarrollo humano. El hecho de que hoy nos lo parezca aún más se debe, de acuerdo con el autor de estas páginas, a que el comportamiento juvenil delata la pobreza de las propias ideas morales de los adultos.  
José Antonio Marina
Catedrático de Filosofía.
Experto en Teoría de la inteligencia.
Escritor
 
El comportamiento juvenil ha sido muy constante a lo largo de la historia. Lo pueden comprobar si leen la Historia de los jóvenes de G. Levi y J. C. Schmitt, publicada por Taurus. En un Memorial de protesta, fechado en 1536, se recogen quejas contra las costumbres de los jóvenes, a los que se llamaba “los amos de la noche”. Las faltas reprendidas eran “blasfemias, juramentos, torneos, borracheras, refriegas hasta media noche, las clásicas y sonoras manifestaciones nocturnas de los jóvenes, risas, llantos y cantos poco cristianos, de forma que nadie puede descansar”. Es decir, que hace cinco siglos ya existía el botellón.
¿Por qué entonces este comportamiento no provocaba la misma alarma social que despierta hoy? Porque esas alteraciones del orden se movían dentro de una sociedad estable, ordenada y segura. Llegado el momento, los jóvenes se integrarían en el mundo del trabajo, en la rueda de las generaciones, en la mesura de la vida cotidiana. Los adultos tenían la irrefutable certeza de que esas escapadas juveniles eran transitorias. Eran canas al aire de unas cabezas sin canas. Lo que hoy nos asusta de las conductas juveniles no son sus transgresiones de la norma, sino la difusa conciencia de que no hay un cuadro de normas que funcione como marco de seguridad de esas conductas.
Los comportamientos juveniles delatan la pobreza de nuestras ideas morales, de los adultos, más que de los jóvenes. La juventud es poco inventiva. Vive copiando o contradiciendo a sus mayores. Las formas de diversión que tanto preocupan a los padres están, entre otras cosas, sufragadas por los padres. Forman parte de un sistema cultural ante el que los educadores se sienten indefensos.
La adolescencia solo aparece en los periódicos por
motivos desagradables, lo que produce un doble efecto malsano
Infancia abreviada
Hay, sin duda, algunos elementos nuevos. El primero de ellos es que estamos abreviando la infancia y ampliando desmesuradamente la adolescencia. Acabará comprendiendo desde los 10 a los 30 años, fecha de independización de los jóvenes.
Comenzó hablándose de preadolescencia, y ahora hablamos ya de pre-preadolescencia y de una posadolescencia larguísima. La infancia se está reduciendo porque los niños tienen información no filtrada, es decir, de adultos, a través de los medios de comunicación. La infancia ha dejado de ser una edad protegida, y vive en un mundo hostil.
Flexibles y vulnerables
Algo parecido sucede a la adolescencia. Se integra en un mundo manejado por intereses adultos, donde son manejados con mucha facilidad. Mary Pipher, autora de un libro de gran éxito en Estados Unidos, titulado Cómo ayudar a su hija adolescente, escribe: “Las jovencitas de hoy están más oprimidas, llegan a la mayoría de edad en una cultura más peligrosa, más sexualizada y más influenciada por los medios de comunicación, se enfrentan a presiones increíbles para ser bellas y sofisticadas”. Por otra parte, las crisis familiares, la aparición de familias mercuriales, que se descomponen y recomponen, están provocando una personalidad adolescente extraordinariamente flexible –ameboide, se dice– que se adapta a todo. Pero para conseguirlo tiene que prescindir de una estructura personal fuerte, que podría romperse con tanto trajín. Nuestros adolescentes, pues, son flexibles pero tienen pocos recursos para defenderse del ambiente. Son muy vulnerables.
Lo que hoy nos asusta de las conductas juveniles es la difusa conciencia
de que no hay un cuadro de normas que funcione
Sus valores
¿Cuáles son los valores de los adolescentes actuales? Es un grupo demasiado numeroso para generalizar. Los hay que pasan de todo y los hay que están muy comprometidos con actividades solidarias. Los hay que piensan que lo único importante es el dinero, y los hay que tienen miras más altas. Según las encuestas, valoran mucho la familia, la fidelidad, la confianza. No les interesa la política, aunque las manifestaciones masivas que ha habido en España con motivo de la guerra contra Iraq han movilizado a una parte de la juventud. Están muy preocupados por su futuro laboral, y la mayoría tiene la sensación de que no puede influir en su futuro.
Las encuestas nos dicen que hay un alto grado de relativismo moral, de dificultad para distinguir el bien del mal, aunque parece que va descendiendo suavemente en los últimos diez años. Hay también una permisividad sexual generalizada, aunque los datos no son muy fiables. Algunas encuestas dicen que la edad media de iniciación sexual en España es 16,5 años, pero otros indicadores elevan la edad. Al planear un ideal de vida, cada vez aparecen más igualados tres proyectos fundamentales: familia, trabajo y diversión. Hay un acusado “presentismo”. El 68% de los jóvenes de ambos sexos entre 16-20 años está de acuerdo con la expresión “el futuro es tan inseguro para los jóvenes que lo mejor es vivir al día”.
En un pedestal
Javier Elzo, un competente sociólogo, en su libro El silencio de los adolescentes, subraya una característica muy generalizada entre los adolescentes. “Los hijos han crecido en un marco de meros sujetos de derechos. Los padres, en tanto que padres, se ven como meros sujetos de deberes para con sus hijos. Los hijos, de tanto ser mirados, estudiados, analizados y protegidos han acabado situándose en el pedestal en el que nosotros, los adultos, los hemos erigido. Un pedestal de base estrecha, poco sólida, pedestal alto, muy alto, desde el que miran, más hacia abajo que hacia el horizonte, viendo a sus padres temerosos, haciéndoles preguntas, desplegando redes protectoras por doquier, por si, a pesar de todo, se caen”.
Esta reivindicación permanente de sus derechos hace difícil la aplicación de cualquier tipo de disciplina. Toda autoridad se considera lesiva e injusta. Y se está extendiendo una cultura de la reclamación y de la queja. Es sorprendente que durante la polémica suscitada por las leyes contra el botellón, los jóvenes reclamaran masivamente un supuesto “derecho a divertirse”.
La infancia se está reduciendo porque los niños tienen información no
filtrada, es decir, de adultos, a través de los medios de comunicación
Consejos para padres
¿Qué consejos me atrevería a dar a los padres preocupados por sus hijos adolescentes? En primer lugar, que comprendan que están en un período de independización inevitable y deseable, y que deben dirigir ese proceso. Para ello conviene que recuerden que los adolescentes necesitan puntos fijos de referencia. Los padres tienen que saber lo que es negociable y lo que no es negociable. Y con lo que no es negociable no se negocia, pero con lo demás, sí. Les contaré una anécdota de mi experiencia docente. Un día, durante la fiesta del instituto, encontré separadas del bullicio a dos alumnas mías de COU. Una de ellas lloraba amargamente. Me acerqué y le pregunté qué le sucedía. Me contó que el día anterior se había enterado de que sus padres se iban a separar y estaba muy triste. Mientras lo contaba, su compañera se echó a llorar. Le pregunté si sus padres tenían también algún problema, y me contestó que no, que el problema era que sus padres no la querían. La afirmación fue tan tajante que me vi obligado a preguntarle por qué creía eso. “Porque me dan todo lo que les pido –contestó–, así no les doy la lata”.
Conspiración educativa
Otro consejo importante es que sepan que la educación de sus hijos no depende solo de ellos. A partir de los 13 años, la influencia de los padres es escasa. El grupo toma el relevo. Por eso, los padres deben buscar la colaboración de los profesores, de otros padres, presionar para que la sociedad entera colabore en la educación de los adolescentes. Lo más sabio que he oído acerca de la educación es un proverbio de una tribu africana que dice: “Para educar a un niño hace falta la tribu entera”. Es verdad. Para educar a un niño o a un adolescente hace falta la sociedad entera. Por eso los animo a participar en una “conspiración educativa”. Todos somos educadores, por acción o por omisión. Favorecemos la mala educación cada vez que colaboramos en el éxito de programas de televisión basura, cada vez que no protestamos ante conductas violentas, o no somos colaboradores exigentes en los esfuerzos educativos, o somos mentirosos o infieles, o predicamos que el triunfo y el dinero son lo único que cuenta, o pasamos de nuestras responsabilidades de padres o de ciudadanos. La conspiración educativa pretende proporcionar apoyo a los que quieren intervenir y no saben cómo hacerlo, eliminar la impotencia de quienes pretenden enfrentarse a solas con el problema, zarandear el miedo y la pereza.
Propongo la técnica del castor, que palito a palito consigue hacer una presa que cambia el curso del río. ¿Le gustaría participar en esta benefactora conjura?
La reivindicación permanente de sus derechos hace
difícil la aplicación de cualquier tipo de disciplina