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Educar
con el ejemplo |
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| El ejemplo es la mejor herramienta educativa con que cuenta la familia. La ejemplaridad de las acciones tiene gran impacto en el niño, cuyo tono vital, actitud y valores dependerán en gran parte de lo que observa e imita. |
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Valentín Martínez-Otero
Profesor y Doctor en Psicología y en Pedagogía |
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| La
familia es escuela de vida y los padres educadores naturales.
Cronológicamente los niños son primero hijos y
después alumnos, es decir, que antes de acudir a los
centros escolares los niños ya han recibido numerosas
influencias formativas en el hogar, pues el ambiente que los
rodea condiciona poderosamente el desarrollo de su personalidad.
En cuanto comunidad de amor y de educación, la familia
brinda desde el nacimiento los estímulos que satisfacen
las necesidades emocionales, al tiempo que se garantiza el desarrollo
psíquico y físico de los pequeños. En esta
institución se adquieren el lenguaje, la afectividad,
la identidad personal, las primeras destrezas musculares, así
como el estilo convivencial básico. En el hogar el niño
crece, madura, se hace humano, recibe lo que necesita para la
forja de la personalidad, es querido por lo que verdaderamente
es. Las relaciones –estrictamente personales– que
se establecen entre padres e hijos constituyen la fuente principal
de la que emanan los aprendizajes emocionales, sociales y morales. |
| Base de conducta |
| Los conocimientos, habilidades y actitudes se ofrecen tempranamente en el seno familiar en gran medida a través del ejemplo. Aun sin pretenderlo, el comportamiento de los progenitores aparece ante los hijos como referencia o base de su conducta. De forma espontánea los padres se presentan como modelos. Junto al consejo, la aprobación, la llamada de atención, etc., es decir, lo que podemos llamar educación patente hay otra realidad educativa latente igualmente importante, en la que cabe incluir el gesto, la palabra de aliento, la caricia, etc. Ambas modalidades formativas (explícita e implícita), por más que se presenten con desigual “visibilidad”, constituyen la atmósfera que troquela al niño. |
| La riqueza emocional del clima familiar explica por qué las acciones de los padres contagian a los hijos, pues la afectividad, sobre todo en los primeros años, opera como poderoso adherente que condiciona la buena o mala dirección que adopte la conducta infantil. El ejemplo recibido y vivido en la familia actúa como modulador del comportamiento y, aunque posteriormente haya nuevas influencias con la llegada a la escuela o la integración en un grupo de amigos, se vincula para siempre con la trayectoria personal. Es así como el “aire familiar”, en general, y el ejemplo, en particular, constituyen un mundo sutil que prepara el camino por el que el niño transita. De la misma forma que el ejemplo positivo y rico cala en el niño y le orienta constructivamente ante sí mismo y los demás, el ejemplo negativo penetra en su ser y le arrastra hacia el error y la infelicidad. |
| Herramienta educativa |
| El ejemplo es uno de los mejores instrumentos con que cuentan los padres para ejercer la tarea profunda y compleja de educar. La ejemplaridad de las acciones tiene gran impacto en el niño, especialmente en la forma de organizar la realidad y en el acercamiento a los otros y a cuanto lo rodea. La seguridad o temor, el optimismo o pesimismo, las actitudes y valores, el modo de relacionarse, el tono vital, etc., dependen en buena parte de lo que durante la infancia se haya observado e imitado. El aprendizaje por vía del ejemplo es sustancialmente distinto a la enseñanza escolar, muy dependiente de la programación. La formalidad del aula contrasta con las lecciones empíricas que se reciben en el hogar. |
| Obras y palabras |
| Frente a las clases teóricas del colegio, el niño en casa observa el comportamiento de los padres que, por cierto, tiene un mayor impacto formativo que las recomendaciones verbales que ellos mismos puedan hacer. Se quiera o no, ya desde la temprana infancia, gozan de más credibilidad las obras que las palabras. Con razón se ha difundido el dicho: “el mejor predicador es el ejemplo”. Las “menudencias”, esto es, los actos incidentales cotidianos familiares como el saludo, el tono de voz, el cuidado de objetos, etc., abren la senda por la que avanza el niño. La honda huella que la educación familiar, más vivida que discursiva, imprime en el infante nos lleva a tomar conciencia de la responsabilidad que supone formar a los hijos. |
| En un mundo en extremo cambiante son numerosos los escollos con que hoy se encuentran los progenitores para realizar su tarea educadora: utilización inadecuada por parte de los niños de los medios de comunicación, principalmente de la televisión; falta de comunicación con la escuela; múltiples obligaciones laborales que reducen el tiempo que se dedica a los hijos, etc. A pesar de estas circunstancias y de las necesarias diferencias entre la familia y la escuela, las dos instituciones educativas están llamadas a cooperar. La coordinación y el compromiso compartido de padres y maestros es fundamental. |
| Desde mi punto de vista, el ejemplo benéfico que los padres ofrecen a los hijos se reparte en tres modalidades interdependientes: el trato interpersonal, a menudo concretado en la cortesía y cordialidad que presiden las relaciones familiares; el porte, en el que se incluye la higiene, la postura, la corrección al hablar, la disposición, etc., y la utilización de materiales, sobre todo en lo concerniente al orden y cuidado de los enseres del hogar. Estos pequeños actos de la vida familiar diaria, insertos en un marco de calor, contribuyen con más eficacia que el mejor de los discursos a crear y reforzar en el niño hábitos personales y sociales positivos. La trascendencia del ejemplo es tal que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue vigente el enunciado de Séneca: “Lenta es la enseñanza por medio de teorías; rápida y eficaz por medio de ejemplos”. |
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