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  El arte de asistir a los demás
 
La solidaridad es la toma de conciencia de las necesidades ajenas y el deseo de contribuir a su satisfacción. Se trata de un valor que hay que fomentar en todos los ámbitos, empezando por el familiar y el escolar.  
Valentín Martínez-Otero
Profesor y Doctor en Psicología y en Pedagogía
La solidaridad es un término que, tan pronto como se declara, reclama nuestra atención. Ocurre con el vocablo como con otros a los que habitualmente acompaña: paz, tolerancia, libertad, justicia, amor, etc. Constituyen un grupo de “divinas palabras” omnipresentes en los discursos y dotadas de gran potencia evocadora que, sin embargo, no hallan la necesaria resonancia. Acaso se escuchen desde la lejanía como la voz que el eco generoso nos devuelve y en el que cuesta reconocer la propia autoría. Y es que, si los valores que estas palabras albergan reflejan la sublime sensibilidad de nuestra especie, también es cierto que el compromiso con los mismos es todavía insuficiente, cual si de aspiraciones extrañas se tratase.
Una senda compartida
La solidaridad es el arte de asistir a los demás y de caminar por una senda compartida. Su idea nos ensalza y brota del hecho incuestionable de que la vida humana tiene a la vez carácter individual y social. Por más que algunas circunstancias pongan en peligro la deseable armonía entre las dos vertientes, nuestra condición natural no es el hermetismo egoísta ni la masificación negadora de la singularidad. Ambos extremos niegan la posibilidad de realización personal y colectiva, lo que equivale a decir que se frustra la convivencia.
Es el marco de la comunidad universal en el que la solidaridad adquiere su desarrollo más amplio. Es cierto que el mapamundi de la desigual aldea que habitamos se muestra más pequeño que nunca merced a las tecnologías de la información y del transporte, pero la extensión planetaria de las diferencias económicas, educativas, sanitarias, etc., acrecientan el escepticismo, cuando no el desánimo, en lo que se refiere a los propósitos proclamados por doquier de avanzar hacia la solidaridad. Sea como fuere, es imperativo ético de nuestro tiempo emprender la construcción decidida de un mundo mejor.
En todos los ámbitos
El concepto de solidaridad nace del respeto a la dignidad de la persona y su materialización pasa tanto por la toma de conciencia de las necesidades ajenas como por el cultivo y práctica de la adhesión fraterna. La mentalización y las acciones solidarias suponen una conjunción plenaria de esfuerzos que deben fomentarse en todos los ámbitos:
La familia es la fuente primera de la que ha de emanar la solidaridad.
La ternura, el cuidado y la empatía de los padres constituyen en los primeros años las experiencias vitales básicas que suscitan en el niño relaciones afectivas saludables. Con el paso del tiempo, la personalidad infantil desarrolla también la sensibilidad y la alteridad a partir de comentarios, juegos sociales, narraciones, etc., que se traducen en un reconocimiento cada vez mayor del otro (alter ego). La apertura solidaria también es fruto de la observación, la identificación y la imitación en el hogar. Estos procesos se refuerzan entre sí y calan en el niño, de ahí la necesidad de ofrecer modelos de comportamiento caracterizados por la acogida, la entrega, el respeto y la cooperación. En materia de solidaridad, cualquier enseñanza familiar que no se acompañe de hechos será estéril o, al menos, tendrá un alcance limitado. Por lo mismo, adquieren gran valor formativo el cuidado de los detalles, la colaboración, la benevolencia y la atención personal que se practican cotidianamente. La creación en el niño de las primeras actitudes solidarias al calor del ejemplo recibido y las acciones guiadas abre el camino a ulteriores progresos y fortalece la tendencia a comprometerse responsablemente con causas nobles.
El ingreso en la escuela abre un nuevo abanico de relaciones sociales con adultos y niños.
Las experiencias interpersonales y la asunción de roles hasta entonces desconocidos permiten progresar en el conocimiento y comprensión de los otros. Este acrecentamiento de la capacidad empática, si se canaliza adecuadamente en un buen entorno, despierta en el escolar la sana preocupación por los demás. En la actualidad hay suficiente evidencia empírica de que los “climas educativos” de tipo cooperativo, a diferencia de los ambientes individualistas y competitivos, extienden sus ventajas tanto al rendimiento académico como a las relaciones que se generan entre escolares. El escenario formativo distinguido por el diálogo, la apertura y el afecto estimula el “espíritu de equipo” y es idóneo para el desarrollo de la solidaridad. Así pues, la escuela del nuevo milenio debe liberarse definitivamente de métodos basados en el egoísmo, la rivalidad, las comparaciones “odiosas”, la vanidad, etc., que en nada benefician el establecimiento de vínculos cordiales y, en cambio, encienden la chispa de la intolerancia.
El trabajo es una actividad fundamental, no solo para la obtención de bienes económicos, sino también para la realización personal.
A pesar de que hay llamativas diferencias laborales y que a veces entraña graves perjuicios, se puede afirmar que en los últimos siglos el mundo del trabajo ha experimentado un considerable proceso de dignificación, sobre todo porque se está dando entrada en las organizaciones a los valores. La dimensión ética del trabajo pone en entredicho la exclusiva preocupación por la productividad y rescata la sensibilidad, la creatividad, el compromiso y la alegría de la participación en un proyecto compartido. De igual modo, la constatación de que toda empresa tiene una repercusión social debe concretarse en una apuesta por transformar positivamente la realidad, cuyos ejes objetivos sean la eliminación de injusticias, la ayuda a los desfavorecidos, el fomento de la concordia y el bienestar de los pueblos.
Ilusión necesaria
En resumen, el cultivo de la solidaridad debe comenzar cuanto antes y extenderse a todo el curso vital con la intervención de la familia, la escuela, las organizaciones empresariales y la comunidad en su conjunto. La solidaridad es expresión de altruismo que se aprende y se afianza con el ejercicio. Su desarrollo equivale a avanzar por el camino de la sintonía, de la reciprocidad y de la compenetración. Es cierto que a veces se dice que la solidaridad no es más que un hermoso idealismo, una anticipación de un porvenir aún lejano. Con todo, es ilusión necesaria, antorcha de esperanza que alumbra, guía y reconforta.