QUIÉNES SOMOS  
   REVISTAS: SUSCRIBIRSE  
   INFORMACIÓN PARA LOS PADRES  
 
 
  FAMILIA
 
  COLEGIO
 
  SALUD
 
  OCIO
 
  LECTURA
 
   OFERTAS DE EMPLEO  
   
  Tiempos para la tolerancia
 
Aunque las condiciones que pueden desencadenar la intolerancia existen en todas las personas y sociedades, los conflictos e incertidumbres que genera el mundo actual, caracterizado por la globalización y la revolución tecnológica, exigen un mayor esfuerzo educativo en los principios del respeto mutuo.
María José Díaz-Aguado
Catedrática de Psicología de la Educación, Universidad Complutense
Las encuestas realizadas en España desde hace más de diez años reflejan un acuerdo casi unánime con el reconocimiento de la necesidad de educar en la tolerancia y el respeto mutuo. No es menos cierto, sin embargo, que este deseo de tolerancia se enfrenta a veces con determinados obstáculos que es preciso superar, incrementando nuestros esfuerzos para reducir la distancia entre lo que somos y lo que queremos ser, sin que los cambios originados por la globalización ni la grave violencia que hemos vivido recientemente lo obstaculicen.
Componentes de la intolerancia
En casi todos los estudios realizados sobre este tema se pone de manifiesto que la intolerancia es un fenómeno complejo, que influye y es influido por lo que pensamos, lo que sentimos y por cómo nos comportamos. Es decir, que incluye tres componentes en torno a los cuales hay que orientar la educación, de forma que incluya actividades que contribuyan a superar este problema en su totalidad:
  El componente cognitivo consiste en un conjunto de creencias muy simplistas y estereotipadas sobre las características de las personas que forman parte de un grupo (los hombres, las mujeres, los de un determinado país o color de piel, los ancianos, los jóvenes...), percibiéndolas como si fueran un único individuo, sin reconocer sus diferencias. Este error suele estar relacionado con la tendencia a confundir las diferencias sociales con las diferencias biológicas. Para superar estos problemas conviene corregir la tendencia a hacer generalizaciones excesivas y explicar las diferencias sociales teniendo en cuenta la historia y el contexto en el que surgen.
  El componente emocional consiste en una valoración negativa del otro grupo, junto con sentimientos de hostilidad y rechazo hacia las personas que lo componen. Las actitudes que se observan en las personas más significativas (compañeros, padres, profesores...) tienen una especial influencia para aumentar o reducir este aspecto de la intolerancia, que parece poder adquirirse o modificarse, en cierto sentido, como por contagio emocional.
  La disposición a comportarnos de forma negativa con los miembros de otro grupo (rechazándolos, marginándolos...). Para ayudar a superar este componente conviene proporcionar experiencias positivas con personas que pertenecen a otros grupos, en las que aprender a resolver los conflictos que a veces supone la diversidad, y descubrir que puede representar una oportunidad para el desarrollo.
Intolerancia, exclusión y violencia
Para prevenir la intolerancia conviene tener en cuenta, también, que no suele producirse de forma gratuita, porque sí, sino que puede ser utilizada para responder a funciones psicológicas y sociales cuando no se dispone de recursos positivos alternativos. Una de estas funciones es intentar justificar formas destructivas de resolución de conflictos, a través de la exclusión y la violencia. Numerosas situaciones históricas reflejan la relación entre intolerancia y exclusión, puesto que en ellas se observa que el hecho de considerar a las personas sometidas a situaciones de esclavitud y explotación como inferiores (en inteligencia, ambición...) ha sido utilizado para dar apariencia de justificación a las injusticias que con esas personas se cometían. En este sentido, cabe destacar que, cuando se negaba a las mujeres el derecho a votar, solía argumentarse que su desarrollo intelectual era inferior al de los hombres.
La historia de la humanidad refleja repetidamente que intolerancia y violencia suelen producirse de forma paralela, como dos caras de una misma moneda. Cada uno de estos dos problemas contribuye a que el otro aumente. La intolerancia está en el origen de la violencia, y la violencia genera intolerancia. En una guerra, por ejemplo, la imagen del enemigo suele ser extremadamente negativa y estereotipada, con características infrahumanas, contra las cuales es más fácil emplear la violencia.
El pensamiento blanco-negro
La intolerancia suele basarse en una simplificación de la realidad social, percibiendo a las personas que forman parte de un grupo como si fueran un único individuo, sin reconocer las múltiples diferencias que existen entre ellas. El extremo de dicha simplificación se produce en el pensamiento blanco-negro, en el que solo existen dos categorías, sin matices ni situaciones intermedias: buenos y malos, amigos y enemigos, los que pertenecen al propio grupo y los que no pertenecen a él, perfección absoluta o imperfección total. La calidad psicológica de la vida de las personas que perciben el mundo en dos categorías suele ser muy reducida, puesto que, cuando lo que los rodea no es perfecto (como sucede con frecuencia), lo ven de forma muy pesimista, como totalmente inaceptable.
Tolerancia y calidad de vida
El estudio de estos problemas permite afirmar que la tolerancia (hacia uno mismo y hacia los demás) es una condición necesaria para el bienestar psicológico, para ese bienestar al que solemos denominar felicidad. Un ejemplo muy claro de ello suele observarse respecto a los estereotipos hacia la vejez, que se vuelven contra el propio individuo cuando llega a ella: obstaculizando su calidad de vida en dicha etapa. Es decir, que educar para la tolerancia no es solo necesario para hacer una sociedad más justa y solidaria, sino también una cuestión de egoísmo inteligente, un requisito para mejorar la calidad de la vida y enseñar a construir la felicidad desde la educación.
Enseñar a afrontar la incertidumbre
Las situaciones en las que se siente un alto nivel de inseguridad e incertidumbre, sobre todo en relación a la propia identidad, pueden activar la intolerancia. ¿De qué depende que la duda y la incertidumbre se conviertan en fuente de progreso o de intolerancia? Suele producirse progreso cuando la persona que las experimenta no tiene miedo de dudar, cuando ha aprendido a aceptar dicha duda y a utilizarla para buscar nuevas soluciones a los problemas que la suscitan. Y suele producirse, por el contrario, intolerancia cuando la persona se siente muy insegura y trata de reducir la incertidumbre considerándose superior solo por el hecho de haber nacido en un determinado grupo (por ser hombre o tener la piel blanca, por ejemplo) y considera inferiores a los de los otros grupos.
Por qué aumenta la intolerancia
Aunque las condiciones que pueden producir intolerancia existen en todos los seres humanos y en todas las sociedades, existen importantes diferencias (históricas, sociales, individuales) en el nivel de intolerancia. Entre las condiciones que representan un riesgo cabe destacar:
  1 La incertidumbre sobre la propia identidad, sobre quiénes somos, o la dificultad para reconocer que se poseen valores importantes, que puede llevar como mecanismo de defensa a basar rígidamente la identificación con el propio grupo en la exclusión de los demás.
  2 Las situaciones de crispación, de tensión emocional, originadas, por ejemplo, por el miedo, por la violencia o por el sentimiento de haber sido injustamente tratado, que obstaculizan la capacidad para pensar de forma no estereotipada.
  3 Los conflictos de intereses, cuando no se dispone de medios adecuados para resolverlos existe más probabilidad de interpretar erróneamente cuáles son sus causas, simplificándolas o buscando chivos expiatorios, y justificando así acciones discriminatorias o violentas.
El riesgo de intolerancia en la actualidad
Los cambios originados por la globalización y la revolución tecnológica producen una serie de conflictos y tensiones que exigen incrementar nuestros esfuerzos por educar en la tolerancia, puesto que este importante valor está estrechamente relacionado con la capacidad para afrontar correctamente la incertidumbre y el conflicto, dos características que definen el mundo en el que nos ha tocado vivir. Y como expresión de las cuales cabe destacar, por ejemplo, las siguientes contradicciones que debemos enseñar a afrontar:
  1 Disponemos de más información que nunca, pero cada día es más difícil entender lo que nos sucede y predecir lo que va a pasar. Esta dificultad produce inseguridad y riesgo de intolerancia. Por eso, la educación debe enseñar a afrontar la incertidumbre, a vivir la duda y el conflicto como parte inevitable de la vida, y a convertirlos en un motor del pensamiento y del progreso. Y para conseguirlo, hay que crear contextos en los que los niños y adolescentes puedan plantear y resolver sus dudas e inquietudes, ayudándolos a entender y a expresar lo que piensan y lo que sienten, así como lo que piensan y sienten los demás, especialmente en situaciones complejas y conflictivas. Tres habilidades básicas que forman parte de la tolerancia. Su aplicación a la predicción de lo que va a pasar a pesar de la incertidumbre que implica tiene una gran relevancia para ayudar a superar una de las principales dificultades de los adolescentes actuales: el miedo al futuro.
  2 Tenemos más recursos técnicos para comunicarnos, pero aumenta el riesgo de aislamiento y exclusión social. Como manifestación de dichos problemas cabe destacar, por ejemplo, la tendencia de algunos adolescentes a refugiarse frente a las pantallas (de la televisión, internet, los videojuegos...) de la complejidad del mundo social actual. Para evitar el riesgo que puede derivarse de ello, hay que promover activamente la comunicación de todos los niños y adolescentes tanto con adultos como con grupos constructivos de iguales, con los que puedan sentir que forman parte de un grupo y adquirir las complejas habilidades sociales que se necesitan para participar activamente en una sociedad tan compleja como la actual.
  3 Debemos relacionarnos en un contexto cada vez más multicultural y heterogéneo y estamos expuestos a una fuerte presión homogeneizadora. En este contexto es más difícil construir nuestra identidad, averiguar quiénes somos y qué queremos hacer con nuestra vida. En épocas pasadas con frecuencia se favorecía la identificación con el propio grupo a través del rechazo o la exclusión de otros grupos, estimulando así el racismo, la xenofobia o el sexismo, a través de representaciones negativas de los que se perciben diferentes, a los que se llegaba a considerar como inferiores o enemigos. Estos esquemas tan simples y negativos de interpretación de las complejas diferencias sociales en términos de blanco-negro no sirven para adaptarse al complejo y heterogéneo mundo globalizado actual, en el que es preciso aprender a colaborar y a respetar a personas de las que nos diferenciamos, pero con las que es preciso compartir algunas referencias básicas para hacer posible la convivencia.
  4 Respeto mutuo y derechos humanos como fin y límite de la tolerancia. Para educar en la tolerancia y el respeto a la diversidad cultural, conviene tener en cuenta cuáles son sus límites. Y definirlos como un medio para avanzar en el respeto a los derechos humanos. En otras palabras, que en función de la tolerancia no pueden justificarse graves violaciones de los derechos humanos que a veces se cometen, o se han cometido, como consecuencia de las tradiciones culturales; tradiciones que, como sucede con las personas, deben desarrollarse para avanzar hacia niveles de justicia superior. Esta forma de definir la tolerancia, como un medio para mejorar el respeto a los derechos humanos más que como un fin en sí misma, permite resolver algunos de los conflictos que a veces se plantean al tratar de llevarla a la práctica.

En función de todo lo expuesto puede entenderse que la grave violencia sufrida el 11-M incremente el riesgo de intolerancia así como la necesidad de trabajar activamente desde la educación para evitarlo. Y ello no solo por solidaridad con las posibles víctimas directas que podrían sufrir con dicho problema, sino también por una cuestión de egoísmo inteligente. Porque conviene no olvidar que el odio destruye al que odia y al sistema social en el que anida. Por eso, debemos prevenir la intolerancia, para que la educación nos permita construir los valores con los que nuestra sociedad se identifica, ayudándonos a ser como queremos ser.

Adolescentes, intolerancia y violencia
Para comprender cómo viven la actual situación social los adolescentes conviene tener en cuenta que su tarea básica es construir una identidad diferenciada, elaborar su propio proyecto vital, averiguando qué quieren hacer con su vida. Tarea que origina un alto nivel de incertidumbre que, sumado al que implican los actuales cambios sociales, puede resultar para algunos adolescentes muy difícil de soportar; especialmente cuando no han desarrollado tolerancia a la ambigüedad, cuando no han aprendido a vivir el conflicto, la duda, como un elemento necesario para crecer.
La tendencia de algunos adolescentes a construir una identidad intolerante experimentó un importante incremento en distintos países europeos desde los años 90.
Los estudios realizados sobre la violencia racista y xenófoba producida en esta década reflejan que los agresores eran con frecuencia adolescentes varones de edades comprendidas entre los 15 y los 20 años, que habían abandonado la escuela o que tenían importantes dificultades en dicho contexto. El análisis de los casos denunciados en Alemania, uno de los países que sufre este problema con mayor frecuencia, refleja que en el Este, donde los cambios sociales han sido mayores como consecuencia de la reunificación, se han producido el triple de crímenes racistas que en el Oeste . Además de la incertidumbre y falta de proyecto vital de dichos adolescentes, suelen destacarse como condiciones que favorecen esta violencia: el efecto de contagio que tiene la divulgación de la violencia por los medios de comunicación entre los individuos más vulnerables a dicha influencia; y la débil respuesta proporcionada por el resto de la sociedad en la condena de la violencia, que suele ser interpretada por estos adolescentes como un apoyo implícito, como que, aunque en teoría se rechaza la violencia, en la práctica se permite.
La personalidad de dichos adolescentes coincide en muchos casos con la descrita en los estudios realizados después de la II Guerra Mundial con el objetivo de descubrir las características de las personas más vulnerables a la intolerancia, en los que se encontró una estructura general de personalidad, la personalidad autoritaria, que conduce a las formas más extremas de intolerancia; y que se caracteriza por la tendencia a percibir la realidad de forma rígida (en términos de blanco-negro) y rechazando todo lo que se percibe débil o diferente. Estructura que lleva a definir la propia identidad contra otros grupos, creyendo que existe un conflicto irresoluble, en el que solo hay dos alternativas: dominio o sumisión; y a considerar la violencia como una forma legítima para conseguirlo, puesto que se considera parte de la maldad inherente a la naturaleza humana.
A dicha personalidad subyace una profunda inseguridad personal, la incapacidad para soportar la incertidumbre, una educación muy rígida o imprevisible y el sentimiento de haber sido injustamente tratado desde la infancia. En estudios posteriores se ha observado que la educación extremadamente permisiva también puede estar en el origen de esa profunda inseguridad personal.
Los resultados obtenidos en nuestras investigaciones con estudiantes de Secundaria en España reflejan que los adolescentes que se identifican con bandas intolerantes y violentas se diferencian, además, del resto de sus compañeros de clase por un razonamiento moral menos desarrollado (más absolutista e individualista); justificar la violencia y utilizarla con más frecuencia; llevarse mal con los profesores; ser rechazados por los otros chicos de la clase, y ser percibidos como agresivos, con fuerte necesidad de protagonismo, inmaduros, antipáticos y con dificultad para comprender la debilidad de los demás. Perfil que refleja como causas posibles de la intolerancia y la violencia la dificultad para sentirse aceptado y reconocido por la escuela y el sistema social en el que se incluye.
Educar en la tolerancia en el mundo actual
En función de lo anteriormente expuesto cabe destacar, en resumen, las siguientes pautas de educación para la tolerancia:
  1 Hay que empezar a educar para la tolerancia desde la primera infancia, proporcionando modelos y relaciones basados en la empatía. Cuando los adultos están psicológicamente disponibles para el niño y responden con empatía a sus demandas de atención, contribuyen a que desarrolle la confianza básica, le transmiten que los fuertes ayudan a los débiles, y que los problemas se pueden resolver. Condiciones que permiten adquirir habilidades para afrontar la adversidad y desarrollar la empatía: el origen de la tolerancia.
  2 Para desarrollar la tolerancia hay que enseñar desde edades tempranas a afrontar la incertidumbre y el conflicto, estableciendo contextos en los que los niños y adolescentes puedan plantear y resolver sus dudas e inquietudes, ayudándolos a entender y a expresar lo que piensan y lo que sienten, así como lo que piensan y sienten los demás, especialmente en situaciones complejas y conflictivas, y transmitiéndoles que la duda y el conflicto forman parte inevitable de la vida y que pueden representar una oportunidad para el desarrollo. Para conseguirlo, conviene que los adultos trasmitan mensajes tranquilizadores en situaciones de dificultad, concentrando la atención en elementos que se puedan controlar para avanzar en su solución, y valorando los avances con optimismo, pautas que pueden empezar a aplicarse a partir de los dos o tres años.
  3 Es imposible adaptarse al complejo mundo actual desde el absolutismo o las categorías blanco-negro, normales en los niños pequeños, pero que hay que enseñar a superar desde que su capacidad de comprensión lo permita, generalmente a partir de los seis o siete años, ayudándolos a pensar con matices. De esta forma, al aproximarse a la adolescencia, podrán relativizar el significado que dan a la realidad y comprender la influencia que en los pensamientos y sentimientos de cualquier persona tiene la perspectiva desde la que los construye: intereses, situación histórica, grupo al que pertenece...
  4 Las personas más tolerantes han aprendido a detectar y a corregir la intolerancia, a través de habilidades que es necesario enseñar, para que pueda comprenderse, por ejemplo, el error que supone percibir a las personas que forman parte de un grupo como si fueran un único individuo, la necesidad de no confundir las diferencias sociales con las diferencias biológicas, y que aquellas nunca son una consecuencia automática de éstas, puesto que en ellas influyen de forma decisiva la historia y el contexto en el que surgen.
  5 Conviene proporcionar desde la infancia oportunidades de calidad en contextos heterogéneos, porque la tolerancia y el respeto intercultural, como otros logros complejos, se aprenden con la práctica. La calidad de dichos contextos depende de que proporcionen suficientes interacciones para establecer relaciones intergrupales de cooperación en las que compartir y conseguir objetivos con miembros de otros grupos, y en las que aprender a resolver los conflictos que a veces origina la diversidad. Conviene tener en cuenta, en este sentido, que en los contextos homogéneos hay menos conflictos, pero también menos oportunidades para aprender a resolverlos, y que el mundo en el que van a vivir va a ser muy heterogéneo.
  6 Hay que favorecer la construcción de una identidad diferenciada y positiva basada en la tolerancia y los derechos humanos. Y para ello conviene proporcionar suficientes oportunidades de interacción con adultos que expresen dichos valores así como con grupos constructivos de compañeros, con los que el adolescente pueda desarrollar su sentimiento de pertenencia. El hecho de considerar la tolerancia y el respeto mutuo como un medio para avanzar en el respeto a los derechos humanos ayuda a comprender sus límites así como su relevancia para mejorar la calidad de la vida, como una cuestión de egoísmo inteligente, puesto que la mejor garantía de que nuestros derechos sean respetados es que se respeten los de todas las personas.