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  Malos humos
 
Los riesgos del tabaco no sólo alcanzan a los fumadores, sino también a las personas que sin serlo aspiran de forma pasiva el humo del tabaco. Las consecuencias son aún peores para los niños.
Numerosos estudios científicos han demostrado concluyentemente que los riesgos que asumen los fumadores pasivos son equivalentes a los de los fumadores de cuatro o cinco cigarrillos al día, ya que las concentraciones de sustancias tóxicas, como el monóxido de carbono y la nicotina, son mayores en el humo ambiental que en el de la calada. Los fumadores pasivos no sólo comparten con los activos el malestar que les crea el tabaco —dolores de cabeza, irritación y picor de los ojos o de la nariz— sino también el riesgo de sufrir enfermedades graves del sistema respiratorio y circulatorio o diversos tipos de cáncer. Las consecuencias de la aspiración pasiva del humo del tabaco son más significativas en los niños, entre quienes son más frecuentes las otitis, las gripes o las infecciones respiratorias, que pueden terminar convirtiéndose en procesos crónicos. Además, el ejemplo de los adultos fumadores que le rodean, sobre todo si son sus padres, facilitará el que antes de los 18 años se convierta en fumador, agravando así los riesgos del tabaco sobre su salud. Está demostrado que cuanto antes se empieza a fumar y más tiempo dura el hábito, mayores son las posibilidades de acabar padeciendo las enfermedades de las que es responsable el tabaco y de forma más virulenta.
Así empezamos
Los factores que conducen a empezar a fumar son de tres tipos: ambientales, como la influencia de la publicidad y la facilidad con que los jóvenes pueden adquirir su primera cajetilla; sociales, derivados de la influencia de la familia y de los amigos, así como de la aceptación social del tabaco y el desconocimiento de las consecuencias del hábito, y, por último, personales, relacionados con la formación de la personalidad durante la adolescencia.
El cigarrillo acaba atrapando al fumador de tres formas distintas: dependencia física de la nicotina, dependencia psicosocial y el hábito mecánico y automático de fumar. De hecho, esos tres factores están en el origen de la mayoría de las razones que los fumadores aducen para mantener su hábito.
Abandonar el tabaco no es algo que se improvise. Hay que estar convencido de la necesidad de hacerlo. No sólo es una cuestión de voluntad, sino también de motivación: hay que desearlo sinceramente, buscando poderosas razones para abandonar el consumo. Cada persona encontrará las suyas, aunque la más frecuente es la preocupación por la salud, la propia y la de quienes le rodean.
 
10 mitos sobre el tabaco...
 
...y 10 razones para dejarlo
 
La mayoría de los fumadores abandonan el hábito por consejo médico. Falso: sólo el 6% lo deja por esta razón.
Lo mejor es dejarlo “a pelo”. Falso: sólo el 5% de los que intentan dejar de fumar sin ayuda resiste un año sin fumar.
Asqueados por el hábito de sus padres, los hijos de fumadores fuman menos. Falso: tener un padre o una madre fumador es, según las estadísticas, un factor de riesgo, mayor aún si los dos son fumadores.
Hay gente sana que lleva 20 años fumando. Aparentemente: el fumador tiene más riesgo a enfermar. Además, los efectos del tabaco son acumulativos y pueden pasar décadas antes de que se manifiesten.
La contaminación ambiental es bastante peor. Falso: los riesgos que representa el humo del tabaco para un fumador pasivo son cien veces superiores a los de la contaminación ambiental.
Dejar de fumar engorda. Relativamente: durante los primeros meses se pueden coger algunos kilos, pero con una dieta rica en vegetales y pobre en grasas, y un programa de ejercicios, ese riesgo disminuye.
Las vitaminas no ayudan. Depende: no ayudan a abandonar el hábito, pero sí al fumador, ya que el hábito de fumar despoja al organismo de los minerales y vitaminas esenciales –sobre todo, las vitaminas C y E– para evitar los efectos de los radicales libres que produce el tabaco.
Los cigarrillos bajos en nicotina son mejores. Falso: los consumidores de este tipo de cigarrillos dan caladas más profundas y fuman más para compensar el déficit de nicotina.
Las mujeres tienen menos riesgos. Relativamente: una mujer fumadora de 35 años tiene cinco menos de esperanza de vida que una que no fuma. Un fumador de la misma edad, siete años menos.
El “mono” psíquico dura años. Falso: los expertos calculan que el síndrome físico de abstinencia de nicotina dura unas 9 semanas. El síndrome psicológico, no más de tres meses.
 
 
 
Abandonar el tabaco se traduce en grandes beneficios para la salud y mejora inmediatamente la calidad de vida. Las que siguen son las mejores razones para dejar de fumar.
Ganar calidad de vida: sin tabaco se duerme mejor, no se ronca, se saborean más los alimentos y, en general, uno se siente más alegre, vital y capaz de hacer mayores esfuerzos físicos.
Rejuvenece y embellece: el tabaco reseca y acelera la formación de arrugas en la piel, en la que, como en los dientes, produce manchas. Contribuye a la halitosis y a la caída del cabello.
Es un buen ejemplo para nuestros hijos y evita que sean fumadores pasivos en su propia casa.
Evitar problemas hormonales: el tabaco adelanta la menopausia y favorece la aparición de la osteoporosis.
Mejorar el sistema de defensas: los fumadores son más propensos a sufrir enfermedades como gripes, resfriados, ronqueras, enfermedades de la piel, etc.
Evitar graves enfermedades circulatorias: los riesgos de padecer infartos, trombosis, etc., son hasta nueve veces mayores en los fumadores. Al cabo de un año sin tabaco se reducen a la mitad y se equiparan a los de las personas no fumadoras ocho años después de abandonar el hábito.
Evitar enfermedades respiratorias graves: los riesgos de sufrir enfisema o bronquitis crónica son 25 veces mayores en los fumadores que en las personas que no lo son. Dejar de fumar es la mejor prevención.
Al dejar el tabaco también se reduce el riesgo de padecer diversos tipos de cáncer. El riesgo se equipara al de los no fumadores a los quince años de abandonar el hábito de fumar.
Además, dejar de fumar supone un gran ahorro: algo más de 100.000 pesetas al año.
Por último, significa haber ganado una batalla: uno se siente más satisfecho consigo mismo.